Éste es el último de los nueve relatos de “Mi familia y otros bárbaros” Un poco de Historia, crítica social y un salvajismo que cada vez sorprende menos…
Juicio sumarísimo
Muchos despotrican contra los Planes Trabajar por considerarlos herramientas electoralistas y sostienen que la gente necesita trabajo genuino. En esto hay bastante de cierto. Pero enseguida doblan la apuesta y aseguran que el argentino es vago y proclive a la dádiva antes que a sudar la frente. ¡Ya se les fue la mano, Muchachos!
De generalizar, debiéramos hacerlo en sentido contrario: la abrumadora mayoría de los argentinos sabemos de poner el lomo y el ingenio para salir adelante a pesar de todo y de todos.
Cuando en 1806 el general Beresford asumió con su banda el control temporario de Buenos Aires, nombró administrador de la Aduana a un tal José Martínez de Hoz, que se apresuró a reducir los derechos de importación para los productos británicos. Ciento setenta años después, el general Videla nombraría como ministro de economía a otro tal José Alfredo Martínez de Hoz, que inició el proceso de desindustrialización más furibundo de la historia del país, cuyos efectos devastadores llegan hasta nuestros días y una de cuyas consecuencias indirectas son los Planes Trabajar.
Se me dirá que simplifico demasiado. Bueno, no pretende ser éste un ensayo sobre economía ni mucho menos. Juzguen los entendidos cuán erradas son estas aseveraciones, mientras entramos en el cuento.
A cambio de los planes recibidos, a un grupo de vecinos del parque de Lomas de Zamora se les había asignado el desmalezamiento del Arroyo del Rey. Varios eran correntinos que habitaban un asentamiento ribereño; otros, porteños, eran oriundos de los barrios aledaños.
Además del histórico y en muchos casos justificado resentimiento del interior hacia los citadinos bonaerenses – incluidos todos los habitantes de la ciudad puerto, sin mayores distingos -, se conjugaban otros factores para que los litoraleños de esta narración acrecentaran su pica, en especial, contra Prudencio, uno de los compañeros proveniente de un barrio vecino.
El muchacho cobraba una categoría más alta que los macheteros correntinos; sólo se encargaba de afilar las herramientas y rastrillar los yuyos. Y, para colmo, se rehusó a contribuir con la vaquita diaria para comprar vino ni a compartir las rondas de mate o alcohol antes, durante ni después de la faena.
Poco a poco, se fue granjeando Prudencio la antipatía del grupo y el encono muy particular de Egidio Varela, que, en vengativas euforias etílicas, salpicaba sus ácidas críticas al “porteño bueno para nada” con sombrías amenazas de degüello, acicateado por los sapucai de sus coterráneos.
Prudencio no ignoraba los comentarios hostiles; directamente ignoraba a quienes los proferían. Pero cuando un día lo increparon respondió que denunciaría ante el capataz las borracheras ajenas si lo seguían molestando. Esto desencajó a los correntinos. “¡Aparte de vago y miserable, había sido alcahuete el porteño!”, sentenció Varela una tarde y su encono tomó forma de conspiración.
A la mañana siguiente, se juntaron temprano en el boliche de siempre para tomar unas grapas y llevar a cabo un juicio sumarísimo. Consistió en la exposición por parte de Varela ante sus comprovincianos de los motivos por los que el afilador de machetes y barrendero debía ser degollado.
Simón el bolichero presenció atónito la acusación y horrorizado el fallo condenatorio del jurado en copas.
Pero si bien Varela logró el apoyo unánime de sus compañeros, no quiso ejecutar la sentencia sin escuchar el parecer de Ortiz, un compadre grande como un ropero, y cuyo porte le daba autoridad dentro del grupo.
Cuando abrió la puerta del boliche, Varela se puso de pie con un salto de gamo y le planteó el caso: “Che, Ortiz, vos que sos entendido en leye´, ¿qué pensás: le degollamo´ al miserable o no?” El compadre asumió la postura solemne acorde a la dignidad conferida. “Bueno, de acuerdo con el artículo 14..., yo pi-enso que hay que degollarle.” “¡Total no sirve para na´a!” Y continuó pausadamente: “Después le tiramos en el arroyo y le tapamo´ hasta que le lleve la correnta´a.” “¡Nadie le va a encontrar!”
Festejó Varela con un filoso sapucai que desgarró el silencio de la mañana e invitó una vuelta de grapa.
Cuando salieron para el trabajo, el bolichero quedó pensando si sería cierto lo que había oído. Dudó en correrse hasta la seccional Parque Barón para denunciar el hecho, pero desistió por miedo a quedar en ridículo. Probablemente se trataba de bravuconadas de borrachos, nomás.
Como de costumbre, al llegar al arroyo los correntinos no hallaron a nadie. Prudencio nunca arribaba antes que sus compañeros. Pero ese día no tuvieron que aguardar demasiado. Al rato apareció el porteño, trayendo los machetes relucientes y sedientos.
Egidio Varela estaba resoluto y entonado. Tomó su herramienta de un tirón, sin saludar. Mas como no provocó en Prudencio la reacción esperada lo increpó airadamente, los ojos encendidos: “¡Cada vez venís más tarde, Porteño vago!”
Por toda respuesta obtuvo Varela la indiferencia del otro, que encogió los hombros y se volvió, dándole la espalda a su verdugo. Enfurecido, el machetero blandió el arma y lo habría decapitado si el capataz no le hubiera atajado el brazo a tiempo.
Al correntino lo frenaron entre dos para que no volviera a acometer a su víctima; a Prudencio, entre tres para que no se desplomara cuando se le aflojaron las piernas.
Una vez recuperado, todavía blanco como un papel, a Prudencio le permitieron tomarse el día franco. Sin embargo, de camino a casa decidió pasar por el boliche de su amigo Simón para contarle lo sucedido.
A la comunidad argentina en “la diáspora”.
A todos aquellos que partieron un día, huyendo de las crisis o en pos de un sueño. A quienes añoran algún rincón de nuestro suelo. A quienes dejaron atrás familiares y amigos. Les entrego este puñado de cuentos con la esperanza de que les sirvan como maná para el espíritu, de que se sientan identificados con algunos de los relatos y de que compartan conmigo sus comentarios y sus propias anécdotas para convertirlas en nuevas historias.
miércoles, 19 de diciembre de 2007
viernes, 28 de septiembre de 2007
Promesas de papel
"Lo que no hará un hincha por el club de sus amores!" A mi querido Racing Club.
Ya eran historia el redoblante que le partiera el rostro al ex presidente que había presentado la quiebra del club y las palabras pronunciadas con odiosa inteligencia por la síndico del proceso: “Racing Club, asociación civil, ha dejado de existir.”
La reacción no se hizo esperar y se expresó de diversas maneras: desde la trifulca con la policía y los rematadores de la sede de Villa del Parque hasta las treinta mil personas que se convocaron en el Cilindro Mágico la tarde en que el equipo no pudo salir a la cancha porque la justicia así lo había dictaminado.
El orgullo futbolero de más de tres millones de hinchas estaba herido. Muchos habrán visto gente llorando en aquellos días. Pero la consigna era: “El sentimiento no quiebra”. Y la presión para lograrlo incluyó manifestaciones, contactos políticos y, por qué no, hasta apelaciones para obtener el favor celestial, promesas alocadas, producto del hondo dolor.
Y fue así que, después de muchas idas y vueltas, una noche de aquel caluroso febrero otra resolución judicial nos hizo volver el alma al cuerpo: Racing estaba autorizado a participar en el torneo clausura.
El domingo siguiente la algarabía se transformó en caravana de varios kilómetros que desembarcó veinte mil personas en El Gigante de Arroyito.
El fervor no se apagó a pesar de la primera derrota. Mientras se siguiera jugando, se seguía con vida. Esto era motivo suficiente de alegría y, también, de cumplimiento de las promesas pendientes.
Dante se aprestó para salir temprano de Lomas. Debería aprovechar al máximo las horas frescas del día ya que hasta Avellaneda tenía un largo trecho, y encima había prometido visitar Pompeya de regreso, lo que implicaba desviarse hacia el Oeste varios kilómetros, un gran esfuerzo para alguien que no acostumbra caminar.
El calor, más las tensiones vividas, más los temores – que recién le habían bajado de la garganta, pasando por el pecho y alojándose en el estómago –, más la ansiedad por no saber si podría cumplir con su palabra, más la emoción de peregrinar a esa albiceleste meca futbolera, todo se conjuró para que Dante casi no pegara un ojo la noche anterior.
Salió para Hipólito Irigoyen alrededor de las siete, cuando todavía circulaban pocos autos por el barrio. La brisa matinal le llenó los pulmones y ganó en confianza. Por su mente pasaban imágenes de glorias de antaño, de penurias recientes y la esperanza se le dibujaba en dos colores en el horizonte: “¡Brillará blanca y celeste, la Academia, Racing Club!”
Iba Dante con una sensación de bienestar casi de ensueño. Sin embargo, tras haber recorrido pocas cuadras por Hipólito Irigoyen sintió un retorcijón, que desestimó culpando a alguno o todos los desvelos mencionados. Pero cuando el siguiente viboreo intestinal fue acompañado de una sudoración fría se preocupó sobremanera: en medio de la semi-desierta avenida principal, a esa hora de la mañana, con la mayor parte de los negocios cerrados, ¡se estaba cagando!
Desesperado, apresuró el paso en busca de un baño y sintió gran alivio al divisar una YPF, el cartel que indicaba “CABALLEROS” y mayor alivio aún, segundos después, al sentarse en aquel trono público.
Era cosa de Mandinga, pensó, que había metido la cola para aguarle, mejor dicho, aflojarle la fiesta. Despotricó contra los “cosos de al lado”, sin moverse del trono, hasta que se sintió listo para retomar la caminata. Entonces, instintivamente miró hacia una pared lateral, hacia la otra, hacia el frente, hacia el piso, hacia el techo, ¡hacia el cielo! ¡No había papel!
Por un instante lo dominó el pánico, pero pronto se recompuso y trató de agudizar el ingenio. Y al final halló la solución: “A falta de papel, buenas son las medias”, se dijo resignado, mientras se desataba el cordón izquierdo...Lavó cuidadosamente la media y se la calzó, mojada, otra vez en el pie.
Superado este percance – una nimiedad para cualquier estoico académico – encaró Dante la avenida con gran determinación. Y, a pesar de que el sol comenzaba a azotarlo, las cuadras fueron quedando atrás y, poco a poco, al acercarse a destino, se fue contagiando de la euforia de supervivencia que por entonces embargaba a los racinguistas. Al llegar a los Siete Puentes, divisó el mástil y el corazón le latió más fuerte – no por el esfuerzo – y le corrieron algunos lagrimones.
Cumplida la mitad de la promesa, y recuperado en parte, emprendió Dante la segunda etapa de su peregrinaje. La más ardua, porque a esa hora cercana al mediodía febrero se imponía despiadadamente. El asfalto le abrasaba los pies, ampollándoselos a mansalva; las sombras le eran esquivas; las cuadras parecían interminables; la sed lo agobiaba. Se dio cuenta Dante de que se estaba desmoronando, así que se encomendó a la Virgen, hacia cuya casa se encaminaba, y redobló sus esfuerzos, azuzándose con la marcha que cada domingo eriza la piel de miles de hinchas: “¡Ésta es la número uno, que te sigue a todas partes; siempre con sus estandartes y un grito en el corazón: ´Racing campeón, Racing campeón!” Y al final alcanzó Pompeya.
Agradeció profundamente por los beneficios deportivos recibidos y también por la fuerza que le estaba permitiendo corresponder la intercesión mariana. De paso, solicitó la yapa de un empujoncito para volver a casa. Al salir del templo, se tentó a meter “las patas en la fuente” – improvisando un 17 de octubre – pero pronto desechó la idea ya que semejante herejía podría costarle la perdición personal y la del club de sus amores.
No tardó en tomar conciencia de que, si antes el calor le abrasaba los pies, ahora el sol lo abrasaba todo en un abrazo mortal. Pensó en tomar un remisse – otra tentación. Otra vez el diablo metía la cola. “¡Mandinga y esos amargos “cosos de al lado!” “¡Las promesas se cumplen!”, se increpó en voz alta y arremetió con la energía restante hacia Banfield, donde vivían sus padres. Retomó el grito de guerra para infundirse coraje: “¡En el este y el oeste, en el norte y en el sur, brillará blanca y celeste, la Academia, Racing Club! ¡Y la Acadé, y la Acadé!”
Sintió como si le clavaran agujas en los pies. “¡Ésta es la numero uno, que te sigue a todas partes!” La lengua se le secaba. “¡Siempre con sus estandartes y un grito en el corazón: ´Racing campeón, Racing campeón!” Le pareció que le bajaba la presión. “¡En el este y el oeste, en el norte y en el sur!” Tuvo otro retorcijón. “¡Brillará blanca y celeste, la Academia, Racing Club!” Y otro – ¡pero, si estaba casi en ayunas! - ; y la sudoración fría - ¡pero, si se estaba deshidratando! ¡Un segundo desahogo intestinal era inminente!
Esta vez creyó que no lo lograría. Apretó las...pocas fuerzas que le quedaban y ensayó un trote admirable dadas las circunstancias. Ya no cantó para mejor concentrarse. Mantuvo el paso a pesar de que cada viboreo intestinal lo estremecía. Sudaba a mares – ora caliente, ora frío...
Cuando dobló en la esquina de su infancia se jugó a todo o nada. A esa hora, era una fija que se dormía la siesta. Si no lo oían, estaría perdido. Golpeó con tanta vehemencia a la puerta, que la madre se asomó por la ventana, aterrorizada. Mas se tranquilizó en parte al ver de quién se trataba. Aunque no entendía la premura, se apresuró a abrir. Como un torbellino Dante se dirigió al baño; no se detuvo ni para saludarla, la desesperación dibujada en el rostro. Ante el azoramiento de la madre, sólo alcanzó a preguntarle: “¿Tenés papel en el baño, Mamá?”
Ya eran historia el redoblante que le partiera el rostro al ex presidente que había presentado la quiebra del club y las palabras pronunciadas con odiosa inteligencia por la síndico del proceso: “Racing Club, asociación civil, ha dejado de existir.”
La reacción no se hizo esperar y se expresó de diversas maneras: desde la trifulca con la policía y los rematadores de la sede de Villa del Parque hasta las treinta mil personas que se convocaron en el Cilindro Mágico la tarde en que el equipo no pudo salir a la cancha porque la justicia así lo había dictaminado.
El orgullo futbolero de más de tres millones de hinchas estaba herido. Muchos habrán visto gente llorando en aquellos días. Pero la consigna era: “El sentimiento no quiebra”. Y la presión para lograrlo incluyó manifestaciones, contactos políticos y, por qué no, hasta apelaciones para obtener el favor celestial, promesas alocadas, producto del hondo dolor.
Y fue así que, después de muchas idas y vueltas, una noche de aquel caluroso febrero otra resolución judicial nos hizo volver el alma al cuerpo: Racing estaba autorizado a participar en el torneo clausura.
El domingo siguiente la algarabía se transformó en caravana de varios kilómetros que desembarcó veinte mil personas en El Gigante de Arroyito.
El fervor no se apagó a pesar de la primera derrota. Mientras se siguiera jugando, se seguía con vida. Esto era motivo suficiente de alegría y, también, de cumplimiento de las promesas pendientes.
Dante se aprestó para salir temprano de Lomas. Debería aprovechar al máximo las horas frescas del día ya que hasta Avellaneda tenía un largo trecho, y encima había prometido visitar Pompeya de regreso, lo que implicaba desviarse hacia el Oeste varios kilómetros, un gran esfuerzo para alguien que no acostumbra caminar.
El calor, más las tensiones vividas, más los temores – que recién le habían bajado de la garganta, pasando por el pecho y alojándose en el estómago –, más la ansiedad por no saber si podría cumplir con su palabra, más la emoción de peregrinar a esa albiceleste meca futbolera, todo se conjuró para que Dante casi no pegara un ojo la noche anterior.
Salió para Hipólito Irigoyen alrededor de las siete, cuando todavía circulaban pocos autos por el barrio. La brisa matinal le llenó los pulmones y ganó en confianza. Por su mente pasaban imágenes de glorias de antaño, de penurias recientes y la esperanza se le dibujaba en dos colores en el horizonte: “¡Brillará blanca y celeste, la Academia, Racing Club!”
Iba Dante con una sensación de bienestar casi de ensueño. Sin embargo, tras haber recorrido pocas cuadras por Hipólito Irigoyen sintió un retorcijón, que desestimó culpando a alguno o todos los desvelos mencionados. Pero cuando el siguiente viboreo intestinal fue acompañado de una sudoración fría se preocupó sobremanera: en medio de la semi-desierta avenida principal, a esa hora de la mañana, con la mayor parte de los negocios cerrados, ¡se estaba cagando!
Desesperado, apresuró el paso en busca de un baño y sintió gran alivio al divisar una YPF, el cartel que indicaba “CABALLEROS” y mayor alivio aún, segundos después, al sentarse en aquel trono público.
Era cosa de Mandinga, pensó, que había metido la cola para aguarle, mejor dicho, aflojarle la fiesta. Despotricó contra los “cosos de al lado”, sin moverse del trono, hasta que se sintió listo para retomar la caminata. Entonces, instintivamente miró hacia una pared lateral, hacia la otra, hacia el frente, hacia el piso, hacia el techo, ¡hacia el cielo! ¡No había papel!
Por un instante lo dominó el pánico, pero pronto se recompuso y trató de agudizar el ingenio. Y al final halló la solución: “A falta de papel, buenas son las medias”, se dijo resignado, mientras se desataba el cordón izquierdo...Lavó cuidadosamente la media y se la calzó, mojada, otra vez en el pie.
Superado este percance – una nimiedad para cualquier estoico académico – encaró Dante la avenida con gran determinación. Y, a pesar de que el sol comenzaba a azotarlo, las cuadras fueron quedando atrás y, poco a poco, al acercarse a destino, se fue contagiando de la euforia de supervivencia que por entonces embargaba a los racinguistas. Al llegar a los Siete Puentes, divisó el mástil y el corazón le latió más fuerte – no por el esfuerzo – y le corrieron algunos lagrimones.
Cumplida la mitad de la promesa, y recuperado en parte, emprendió Dante la segunda etapa de su peregrinaje. La más ardua, porque a esa hora cercana al mediodía febrero se imponía despiadadamente. El asfalto le abrasaba los pies, ampollándoselos a mansalva; las sombras le eran esquivas; las cuadras parecían interminables; la sed lo agobiaba. Se dio cuenta Dante de que se estaba desmoronando, así que se encomendó a la Virgen, hacia cuya casa se encaminaba, y redobló sus esfuerzos, azuzándose con la marcha que cada domingo eriza la piel de miles de hinchas: “¡Ésta es la número uno, que te sigue a todas partes; siempre con sus estandartes y un grito en el corazón: ´Racing campeón, Racing campeón!” Y al final alcanzó Pompeya.
Agradeció profundamente por los beneficios deportivos recibidos y también por la fuerza que le estaba permitiendo corresponder la intercesión mariana. De paso, solicitó la yapa de un empujoncito para volver a casa. Al salir del templo, se tentó a meter “las patas en la fuente” – improvisando un 17 de octubre – pero pronto desechó la idea ya que semejante herejía podría costarle la perdición personal y la del club de sus amores.
No tardó en tomar conciencia de que, si antes el calor le abrasaba los pies, ahora el sol lo abrasaba todo en un abrazo mortal. Pensó en tomar un remisse – otra tentación. Otra vez el diablo metía la cola. “¡Mandinga y esos amargos “cosos de al lado!” “¡Las promesas se cumplen!”, se increpó en voz alta y arremetió con la energía restante hacia Banfield, donde vivían sus padres. Retomó el grito de guerra para infundirse coraje: “¡En el este y el oeste, en el norte y en el sur, brillará blanca y celeste, la Academia, Racing Club! ¡Y la Acadé, y la Acadé!”
Sintió como si le clavaran agujas en los pies. “¡Ésta es la numero uno, que te sigue a todas partes!” La lengua se le secaba. “¡Siempre con sus estandartes y un grito en el corazón: ´Racing campeón, Racing campeón!” Le pareció que le bajaba la presión. “¡En el este y el oeste, en el norte y en el sur!” Tuvo otro retorcijón. “¡Brillará blanca y celeste, la Academia, Racing Club!” Y otro – ¡pero, si estaba casi en ayunas! - ; y la sudoración fría - ¡pero, si se estaba deshidratando! ¡Un segundo desahogo intestinal era inminente!
Esta vez creyó que no lo lograría. Apretó las...pocas fuerzas que le quedaban y ensayó un trote admirable dadas las circunstancias. Ya no cantó para mejor concentrarse. Mantuvo el paso a pesar de que cada viboreo intestinal lo estremecía. Sudaba a mares – ora caliente, ora frío...
Cuando dobló en la esquina de su infancia se jugó a todo o nada. A esa hora, era una fija que se dormía la siesta. Si no lo oían, estaría perdido. Golpeó con tanta vehemencia a la puerta, que la madre se asomó por la ventana, aterrorizada. Mas se tranquilizó en parte al ver de quién se trataba. Aunque no entendía la premura, se apresuró a abrir. Como un torbellino Dante se dirigió al baño; no se detuvo ni para saludarla, la desesperación dibujada en el rostro. Ante el azoramiento de la madre, sólo alcanzó a preguntarle: “¿Tenés papel en el baño, Mamá?”
lunes, 6 de agosto de 2007
Communicate
When winter makes me take shelter, I will often resort to the service of Communion to the Sick the Church offers those who cannot attend Holy Mass. Acting upon priests´ mandate, lay Eucharist ministers visit us every Saturday, and after a moment of prayer they administer the consecrated host. Thus, many believers feel spiritually comforted and uplifted on receiving the body and blood of Jesus.
As it happens, my brethren’s visit usually coincides with the showing of the Argentine films of the forties which are broadcast by channel 7 on Saturday evenings. The Local Cinema series takes you back to times that were – I will not say better times but – promising. Black and white was in the tape; colour, in the hearts and minds of those who lived that period. Therefore, these films are a must to Nonna and me. And we only interrupt them for a while, when the TV set is switched off to try and create a favourable atmosphere and set our hearts ready.
However, in our case this is not easy at all. It should be expected that, if such liturgical innovations as celebrating Mass in a language other than Latin are unintelligible to Nonna, she will find it even more difficult to understand that you take Communion at home and from a person who is not wearing cloth. Let me add that all this, together with the film interruption, causes Nonna to be ill-disposed towards our visitors, and that, therefore, she enthusiastically hopes their stay will be short. In this context, some memorable situations have taken place.
One day, Nonna decided to join us in saying an Our Father, only she spoke her dialect at her own pace, with such accurate lack of synchrony that I imagined Jesus listening to our awkward prayer and smiling a smile as big as his heart.
On the following Saturday the same rite, but when, after our bilingual prayer, the minister stood opposite me and I was about to take Communion, one of Nonna´s sighs could be heard from behind and a popular maxim: “Whatta can you do! We´ve gotta make it through wintera!” To what the astounded minister, host in hand, only managed to reply: “Oh, yes…that´s right.”
Then she told us she liked joining us in prayer, though she would rather not “communicatte”, i.e., receive the sacrament.
Several normal weekends went by, until one Saturday I was about to take Communion when Nonna solemnly announced: “Todaya, I´d lika to communicatte, too!” She was asked to wait and they explained to her that, not having received this sacrament for a long time, it would be better if she spoke to the priest first, to practise the sacrament of Confession or Reconciliation. All this the minister said very politely, trying to make it clear he was not censuring her, but rather that that was the logical procedure. Far was the minister from meaning to consider Nonna a hardened incorrigible sinner. But he succeeded.
“Whatta on eartha d´you meana?” “I always minda my owne businessa; I never slaga anybody offa; I donna swear or wishe no evil to nobody. I donna needa to talk to the prieste ´cos I donna have any mortale sins. The little thingse anybody has, maybe. But not mortale sins, no Sira!”
There was no point in trying and stop her hurt and hurtful verbosity. Vain were all our attempts to clarify the misunderstanding. The bigger our efforts to straighten it out the more tangled it became.
Once we were on our own again, little by little, Nonna started to calm down. To change the subject, I proposed seeing the end of the film, but it had already finished. Then she fired her parting shot: “Well, in the enda, this overpious creeppa didn´t allowa me to communicatte or leave us alone to see the filme!”
As it happens, my brethren’s visit usually coincides with the showing of the Argentine films of the forties which are broadcast by channel 7 on Saturday evenings. The Local Cinema series takes you back to times that were – I will not say better times but – promising. Black and white was in the tape; colour, in the hearts and minds of those who lived that period. Therefore, these films are a must to Nonna and me. And we only interrupt them for a while, when the TV set is switched off to try and create a favourable atmosphere and set our hearts ready.
However, in our case this is not easy at all. It should be expected that, if such liturgical innovations as celebrating Mass in a language other than Latin are unintelligible to Nonna, she will find it even more difficult to understand that you take Communion at home and from a person who is not wearing cloth. Let me add that all this, together with the film interruption, causes Nonna to be ill-disposed towards our visitors, and that, therefore, she enthusiastically hopes their stay will be short. In this context, some memorable situations have taken place.
One day, Nonna decided to join us in saying an Our Father, only she spoke her dialect at her own pace, with such accurate lack of synchrony that I imagined Jesus listening to our awkward prayer and smiling a smile as big as his heart.
On the following Saturday the same rite, but when, after our bilingual prayer, the minister stood opposite me and I was about to take Communion, one of Nonna´s sighs could be heard from behind and a popular maxim: “Whatta can you do! We´ve gotta make it through wintera!” To what the astounded minister, host in hand, only managed to reply: “Oh, yes…that´s right.”
Then she told us she liked joining us in prayer, though she would rather not “communicatte”, i.e., receive the sacrament.
Several normal weekends went by, until one Saturday I was about to take Communion when Nonna solemnly announced: “Todaya, I´d lika to communicatte, too!” She was asked to wait and they explained to her that, not having received this sacrament for a long time, it would be better if she spoke to the priest first, to practise the sacrament of Confession or Reconciliation. All this the minister said very politely, trying to make it clear he was not censuring her, but rather that that was the logical procedure. Far was the minister from meaning to consider Nonna a hardened incorrigible sinner. But he succeeded.
“Whatta on eartha d´you meana?” “I always minda my owne businessa; I never slaga anybody offa; I donna swear or wishe no evil to nobody. I donna needa to talk to the prieste ´cos I donna have any mortale sins. The little thingse anybody has, maybe. But not mortale sins, no Sira!”
There was no point in trying and stop her hurt and hurtful verbosity. Vain were all our attempts to clarify the misunderstanding. The bigger our efforts to straighten it out the more tangled it became.
Once we were on our own again, little by little, Nonna started to calm down. To change the subject, I proposed seeing the end of the film, but it had already finished. Then she fired her parting shot: “Well, in the enda, this overpious creeppa didn´t allowa me to communicatte or leave us alone to see the filme!”
La carpa de la discordia
Llegamos a la Ría Ajó en General Lavalle pasado el mediodía. En vacaciones se trastocan los horarios, y a pesar de que habíamos llevado las cañas la pesca era la excusa para sentarnos unas horas junto al agua, tomar mate con amigos, divertirnos un poco y pegar la vuelta al anochecer. También aprovechamos para aprender a armar la flamante carpa estructural que mis padres, en una etapa de pasión campamentista, habían comprado aquel verano.
Salió a recibirnos don Fausto Farías, dueño de un boliche ribereño, y enseguida nos hizo estacionar debajo de sus talas, al lado de un sinfín de carpas de tipo iglú, lo que implicaba que estaba repleto de coreanos y que habría buen pique, ambos hechos indisociables el uno del otro.
En cuanto a los hermanos orientales, diré una verdad de perogrullo: forman una comunidad muy cerrada con contactos externos puntuales en casos de necesidad extrema. En lo que a nosotros respecta, nobleza obliga, debo confesar que, por lo general, su aislamiento no nos desagrada ni nos esforzamos por romperlo. Pero estas afirmaciones vienen a cuento precisamente porque lo sucedido aquella tarde dio por tierra con ellas, o casi.
Antes de avanzar desearía expresar mi profunda admiración y respeto por los autodidactas natos, capaces de lidiar con cualquier intríngulis y a puro ingenio solucionar todo contratiempo.
Lamentablemente, nadie en mi familia ni ninguno de nuestros amigos – por lo menos los presentes esa tarde – formamos parte de esta elite. Por el contrario, las mínimas complicaciones nos entorpecen; los más insignificantes acertijos nos confunden; los más simples misterios de la vida nos atosigan hasta la desesperación. Ninguno de nosotros debiera osar cambiar una lamparita ni programar una videograbadora, por ejemplo, ni siquiera utilizando el instructivo. ¡Mucho menos, entonces, debiéramos atrevernos a armar una carpa estructural!
Entre varios sacaron la lona, estacas, piolines y caños y cañitos de toda laya. Como suele ocurrir, no faltó quien declamara sus dotes de ingeniero. Pronto puso manos a la obra, dando un fugaz vistazo al plano maestro, asignando tareas subalternas, frunciendo el entrecejo de a ratos, imaginando cómo aquella pila de fierros iría moldeándose gracias a sus directivas.
Sin embargo, al ver que los minutos transcurrían sin que el cañerío infernal tomase forma alguna, el orden jerárquico se fue desmoronando y los subalternos quisieron tomar la posta. Total que pasados algunos instantes todos sostenían una parte irreconocible de la estructura, yendo de acá para allá, intercambiando órdenes y piezas sin ton ni son. Eso sí, a voz en cuello y a mandíbula batiente.
Y debe haber sido una escena digna de los hermanos Podestá porque, cuando nos dimos cuenta, las risotadas se habían contagiado a los iglúes vecinos e iban acompañadas de comentarios ininteligibles.
Fue entonces que se produjo un hecho de confraternización admirable. Uno de los coreanos, en cuclillas y con una taza metálica en la mano, observaba sonriente a nuestra compañía circense improvisada. De pronto, se incorporó dificultosamente y con andar agarrotado se adelantó hasta el centro de la escena.
Ante la sorpresa de propios y extraños, comenzó a estudiar el plano maestro con profundización oriental. Tenía los ojos achinados más de lo natural – y valga el capricho idiomático. El paso poco firme y la vista enrojecida dejaban entrever algunos tragos de más.
Nosotros, entre el desorden y el asombro, dejamos de lado los prejuicios iniciales y lo aceptamos como supervisor de la obra. Después de todo, fue él quien rompió la barrera étnica y quizás hasta resolviera el problema.
Digamos que la barrera étnica la había roto, pero que la lingüística era infranqueable. Sus monosílabos eran coreano básico – por no recurrir otra vez a sus vecinos asiáticos.
Comenzó a moverse a pasos cortos entre los armadores con instrucciones breves, precisas y confusas: “¡Cambio!” “¡Cambio!”, le gritaba a uno. “¡Pone lalgo; saca colto!”, le indicaba a otra. Esto provocó pícaras respuestas, en cuyos detalles prefiero no abundar.
Pasaron varios minutos hasta que nos dimos cuenta de que la tan afamada sabiduría oriental no anidaba en el cerebro de nuestro supervisor, a menos que se encontrara aturdida en una nebulosa etílica.
Poco a poco, algunos abandonaron la empresa, armaron las cañas y permanecieron como divertidos espectadores mientras intentaban mejor suerte con la pesca.
Pero si la sabiduría no había favorecido a este coreano, justo será aclarar que sí estaba dotado de la ancestral perseverancia. Pues seguía arengando a los cada vez menos armadores y hasta tironeando de los caños para demostrar cómo debía ensamblarse la estructura. “¡Mete glande; saca chiquito!” “¡Cambio!” “¡Cambio!” Y de nuevo el doble sentido disparaba las carcajadas del grupo, que a esta altura estaba más entretenido con el caótico inspector de obra que preocupado por no poder armar la carpa.
Para tranquilizarlo, una de mis amigas hizo el gesto de dormir y trató de explicarle que nos iríamos al caer el sol. “No, no dormimos acá.” Pero fue inútil. Se alarmó al entender, creo, que no teníamos dónde pasar la noche, y decidió estrechar los vínculos aún más. “¡No pleocupar!”, anunció, sosteniendo un par de caños, y volvió a tomar el plano. Cerró los ojos, para visualizar algo o concentrarse, se me ocurre. Pensamos que se quedaría dormido de pie. Siguieron breves instantes de silencio y risas contenidas. Y cuando los abrió: “¡Cambio!” “¡Cambio!” “¡Saca tuyo chiquito; pone mío glande!”
Explotamos en desternillante catarsis que dejó a varios doblados en el piso. Esto marcó el final de la confraternización, ya que el oriental, visiblemente ofendido, soltó los caños y se retiró a su iglú.
Y así pasó el resto de la tarde: borriquetas, mate con facturas y más carcajadas con cada racconto del ensamble fallido.
Mientras los vecinos, con rostros adustos, comentarían - suponíamos – en indescifrable guirigay las desventuras de su frustrado paisano.
Cuando llegó el crepúsculo – momento paradisíaco en General Lavalle – juntamos los bártulos para emprender el regreso hacia Mar de Ajó. Y al arrancar la camioneta y pasar junto al campamento vecino saludamos al coreano que había intentado ayudarnos. Él estaba otra vez en cuclillas, con la taza metálica en la mano, mirando la puesta de sol. Al oír la bulla, se volvió hacia nosotros y contestó el saludo, cerrando el puño y extendiendo el dedo cordial en inequívoco gesto universal vindicatorio.
Salió a recibirnos don Fausto Farías, dueño de un boliche ribereño, y enseguida nos hizo estacionar debajo de sus talas, al lado de un sinfín de carpas de tipo iglú, lo que implicaba que estaba repleto de coreanos y que habría buen pique, ambos hechos indisociables el uno del otro.
En cuanto a los hermanos orientales, diré una verdad de perogrullo: forman una comunidad muy cerrada con contactos externos puntuales en casos de necesidad extrema. En lo que a nosotros respecta, nobleza obliga, debo confesar que, por lo general, su aislamiento no nos desagrada ni nos esforzamos por romperlo. Pero estas afirmaciones vienen a cuento precisamente porque lo sucedido aquella tarde dio por tierra con ellas, o casi.
Antes de avanzar desearía expresar mi profunda admiración y respeto por los autodidactas natos, capaces de lidiar con cualquier intríngulis y a puro ingenio solucionar todo contratiempo.
Lamentablemente, nadie en mi familia ni ninguno de nuestros amigos – por lo menos los presentes esa tarde – formamos parte de esta elite. Por el contrario, las mínimas complicaciones nos entorpecen; los más insignificantes acertijos nos confunden; los más simples misterios de la vida nos atosigan hasta la desesperación. Ninguno de nosotros debiera osar cambiar una lamparita ni programar una videograbadora, por ejemplo, ni siquiera utilizando el instructivo. ¡Mucho menos, entonces, debiéramos atrevernos a armar una carpa estructural!
Entre varios sacaron la lona, estacas, piolines y caños y cañitos de toda laya. Como suele ocurrir, no faltó quien declamara sus dotes de ingeniero. Pronto puso manos a la obra, dando un fugaz vistazo al plano maestro, asignando tareas subalternas, frunciendo el entrecejo de a ratos, imaginando cómo aquella pila de fierros iría moldeándose gracias a sus directivas.
Sin embargo, al ver que los minutos transcurrían sin que el cañerío infernal tomase forma alguna, el orden jerárquico se fue desmoronando y los subalternos quisieron tomar la posta. Total que pasados algunos instantes todos sostenían una parte irreconocible de la estructura, yendo de acá para allá, intercambiando órdenes y piezas sin ton ni son. Eso sí, a voz en cuello y a mandíbula batiente.
Y debe haber sido una escena digna de los hermanos Podestá porque, cuando nos dimos cuenta, las risotadas se habían contagiado a los iglúes vecinos e iban acompañadas de comentarios ininteligibles.
Fue entonces que se produjo un hecho de confraternización admirable. Uno de los coreanos, en cuclillas y con una taza metálica en la mano, observaba sonriente a nuestra compañía circense improvisada. De pronto, se incorporó dificultosamente y con andar agarrotado se adelantó hasta el centro de la escena.
Ante la sorpresa de propios y extraños, comenzó a estudiar el plano maestro con profundización oriental. Tenía los ojos achinados más de lo natural – y valga el capricho idiomático. El paso poco firme y la vista enrojecida dejaban entrever algunos tragos de más.
Nosotros, entre el desorden y el asombro, dejamos de lado los prejuicios iniciales y lo aceptamos como supervisor de la obra. Después de todo, fue él quien rompió la barrera étnica y quizás hasta resolviera el problema.
Digamos que la barrera étnica la había roto, pero que la lingüística era infranqueable. Sus monosílabos eran coreano básico – por no recurrir otra vez a sus vecinos asiáticos.
Comenzó a moverse a pasos cortos entre los armadores con instrucciones breves, precisas y confusas: “¡Cambio!” “¡Cambio!”, le gritaba a uno. “¡Pone lalgo; saca colto!”, le indicaba a otra. Esto provocó pícaras respuestas, en cuyos detalles prefiero no abundar.
Pasaron varios minutos hasta que nos dimos cuenta de que la tan afamada sabiduría oriental no anidaba en el cerebro de nuestro supervisor, a menos que se encontrara aturdida en una nebulosa etílica.
Poco a poco, algunos abandonaron la empresa, armaron las cañas y permanecieron como divertidos espectadores mientras intentaban mejor suerte con la pesca.
Pero si la sabiduría no había favorecido a este coreano, justo será aclarar que sí estaba dotado de la ancestral perseverancia. Pues seguía arengando a los cada vez menos armadores y hasta tironeando de los caños para demostrar cómo debía ensamblarse la estructura. “¡Mete glande; saca chiquito!” “¡Cambio!” “¡Cambio!” Y de nuevo el doble sentido disparaba las carcajadas del grupo, que a esta altura estaba más entretenido con el caótico inspector de obra que preocupado por no poder armar la carpa.
Para tranquilizarlo, una de mis amigas hizo el gesto de dormir y trató de explicarle que nos iríamos al caer el sol. “No, no dormimos acá.” Pero fue inútil. Se alarmó al entender, creo, que no teníamos dónde pasar la noche, y decidió estrechar los vínculos aún más. “¡No pleocupar!”, anunció, sosteniendo un par de caños, y volvió a tomar el plano. Cerró los ojos, para visualizar algo o concentrarse, se me ocurre. Pensamos que se quedaría dormido de pie. Siguieron breves instantes de silencio y risas contenidas. Y cuando los abrió: “¡Cambio!” “¡Cambio!” “¡Saca tuyo chiquito; pone mío glande!”
Explotamos en desternillante catarsis que dejó a varios doblados en el piso. Esto marcó el final de la confraternización, ya que el oriental, visiblemente ofendido, soltó los caños y se retiró a su iglú.
Y así pasó el resto de la tarde: borriquetas, mate con facturas y más carcajadas con cada racconto del ensamble fallido.
Mientras los vecinos, con rostros adustos, comentarían - suponíamos – en indescifrable guirigay las desventuras de su frustrado paisano.
Cuando llegó el crepúsculo – momento paradisíaco en General Lavalle – juntamos los bártulos para emprender el regreso hacia Mar de Ajó. Y al arrancar la camioneta y pasar junto al campamento vecino saludamos al coreano que había intentado ayudarnos. Él estaba otra vez en cuclillas, con la taza metálica en la mano, mirando la puesta de sol. Al oír la bulla, se volvió hacia nosotros y contestó el saludo, cerrando el puño y extendiendo el dedo cordial en inequívoco gesto universal vindicatorio.
viernes, 25 de mayo de 2007
Veteranas de guerra
“Veteranas de guerra” es uno de los cuentos de mi primer libro: “Mi familia y otros bárbaros”. Ésta es una traducción propia. Me llena de alegría que mis simples escritos se presenten en tres idiomas.
Veterans of War
At the beginning of the eighties we were almost completely reorganized*(1). Several chimneys were cleaner – due to industry stagnation and thanks to massive imports. “I´ll have two o´ ´em!”, together with other famous sayings, had been indelibly engraved in our middle class population, part of which flew to the States and on returning made planes arch with weight, as Luis Landriscina says in one of his greatest tales.
And as we were marching quite straight along the straight road of the order imposed, our strategists, in a nationalist paroxysm, had no better idea than resume the just cause of Malvinas*(2), and resume the possession of Malvinas, too!
The recapture was unanimously celebrated, though years later several voices were raised that claimed their timely vehement opposition to the military operation. Too late for unsaying!
Popular support was immediate, with demonstrations and moneyboxes in the streets, so that our soldiers would have all they needed. We honestly believed it was a heroic deed.
In addition, the media kept us well informed of how events were taking place: of how we were winning a hard battle. And as fighting intensified in the far south, we learnt Rio Gallegos would likely be bombarded, since it was our troops´ supply centre as well as the take-off point for the fighters that so badly damaged the pirate fleet*(3).
Considering such a threat, a preventive official campaign was launched in Patagonia, so that our fellow citizens would be well prepared. It included blackouts and mock attacks among other measures.
In Buenos Aires, they tried to create awareness of the necessity for cutting down on electricity consumption – a measure taken quite often, as if that were the solution to all the crises in our country –, and there were slogans everywhere fostering patriotism: “Together, to victory”; “Everyone on their own, defending our common cause”, just to quote a few examples.
News of the potential attack to the Continent spread like wildfire, soon becoming an unavoidable issue everywhere: at offices and restaurants, at factories and churches, and especially at those centres of aesthetic and ethical erudition, i.e. at hairdressing salons.
Many people tried to rise to the occasion, and even toyed with the idea of an air attack, as though this had never happened in the metropolis before*(4).
I´d specially like to focus on hairdressing salons because of the funny effect the case had on the middle-class mentality of some ladies who visit them. And more precisely, on that one in which one May afternoon in 1982 the affair was being discussed with theoretical enthusiasm, with the subconscious peacefulness of knowing the bombs, if the attack took place, would be dropped almost 3.000 km away.
The propaganda had soaked deep into the ladies who crammed the salon that afternoon. A feeling of security and trust in the regime´s initiatives could be sensed.
And regarding the imaginary bombardment on the metropolis, impassively argued a robust woman in her sixties, who was being coiffured, about the convenience of getting tables and beds strong enough to bear the weight of debris. Another younger woman, who had three children and was expecting, added it would not be farfetched to gather supplies for several days. A third woman, who was being manicured, contributed that she had overheard from a good source anti-aircraft guns were being located at Punta Indio, or Punta Lara. A spinster whose head was packed with small rollers stated that schoolchildren ought to be taught how to proceed in an emergency. An elderly woman, who briefly stuck her head out of a conical hair-dryer, asserted that, no matter how many bombs were dropped, nobody would dare to disembark after what happened in 1807*(5). A police superintendent´s wife, who had just been dabbed with a pot of reddish dye, emphasized that it was essential to keep calm and maintain discipline all the time.
Some of them said a lot; others said less, but all of them took part. And the stylists eagerly voiced their consent, and their confidence in the achievement of national grandeur, in peace and order, especially if that was what everybody thought, because “the customer is always right”.
But it sometimes happens that fate puts people on trial. While these good ladies were chatting placidly, at the back of the salon an assistant threw away a match, which she thought extinguished after lighting a calofier, and it landed on a towel that, with so many comings and goings, had been neglected on a gas container – gas mains had not reached the area yet.
The same assistant smelt her carelessness shortly afterwards, when little fire tongues threatened to spread and cause an explosion. And it was she who led the flight, shouting “Fire!” “Gas!” on getting to the exit. It is difficult to illustrate what followed. It resembled hooligans entering or leaving a stadium. Or perhaps, a cattle stampede during a rodeo. Or even perhaps, the pushings and tramplings seen years later when our cities were looted*(6).
Calm turned into nervousness; quietness, into despair; security, into panic. The survival instinct burst out, enervating even the most peaceful soul. And the flight turned out to be an extraordinary event. The second woman to reach the street was the police superintendent´s wife, who shoved her way through the door against one of the hairdressers, having chucked the expectant mother on the floor among rollers. The robust woman in her sixties strove to gain meters to gravity. The elderly woman, who had not taken the deafening helmet off her head yet, astonishedly asked if the bombardment had already started. A young woman nimbly jumped on one leg out of the chiropodist´s room, her other foot bare and adorned with little pieces of cotton between her toes. All of them jammed at the door, but jostling finally reached the street.
While the ladies behind pushed their way, those ahead cried out for help from the firemen or at least from someone with a fire extinguisher, waving towels and running to and fro on the pavement. Collective hysteria, however, roused more on-lookers than volunteers.
Among the latter, approached don Francisco, a figaro at the barber´s nearby, surprised but ready to help. He was shaken by the arms, with wild warnings that the block would blow into pieces.
Knowing how exaggerated some women can be, he was not intimidated, and little by little he pushed his way through the remains of the mob and into the shop. The towel was still burning, sending out quite a lot of smoke, so he turned off the valve to the gas container, threw the towel on the floor and put the fire out by stamping on it.
Then he came back into the street, where a bunch of anguished ladies were waiting for him; they were certainly better prepared for an English attack than for a little fire in a hairdressing salon.
Translator´s Notes:
1- It refers to the National Reorganization Process, name of the de facto government that took over power in 1976, after a coup d´e-tat against democratic president María Estela Martínez de Perón.
2-Name of the Argentine islands usurped by the British in 1833.
3-Term used in the past to refer to robbers of the sea. Here it refers to the British Navy – robbers of our land.
4-In 1954, the Argentine Air Force and Navy bombarded the heart of B.A. in an attempt to kill democratic president Juan Domingo Perón. Over 300 civilians were killed in the attack.
5-British troops invaded Argentina in 1806 and again in 1807, controlling B.A. for a while, but in the end they were defeated.
6-In 1989 hyperinflation led to social turmoil. Hundreds of shops in various cities were looted by starving mobs, but also by thieves who took advantage of the situation.
Veterans of War
At the beginning of the eighties we were almost completely reorganized*(1). Several chimneys were cleaner – due to industry stagnation and thanks to massive imports. “I´ll have two o´ ´em!”, together with other famous sayings, had been indelibly engraved in our middle class population, part of which flew to the States and on returning made planes arch with weight, as Luis Landriscina says in one of his greatest tales.
And as we were marching quite straight along the straight road of the order imposed, our strategists, in a nationalist paroxysm, had no better idea than resume the just cause of Malvinas*(2), and resume the possession of Malvinas, too!
The recapture was unanimously celebrated, though years later several voices were raised that claimed their timely vehement opposition to the military operation. Too late for unsaying!
Popular support was immediate, with demonstrations and moneyboxes in the streets, so that our soldiers would have all they needed. We honestly believed it was a heroic deed.
In addition, the media kept us well informed of how events were taking place: of how we were winning a hard battle. And as fighting intensified in the far south, we learnt Rio Gallegos would likely be bombarded, since it was our troops´ supply centre as well as the take-off point for the fighters that so badly damaged the pirate fleet*(3).
Considering such a threat, a preventive official campaign was launched in Patagonia, so that our fellow citizens would be well prepared. It included blackouts and mock attacks among other measures.
In Buenos Aires, they tried to create awareness of the necessity for cutting down on electricity consumption – a measure taken quite often, as if that were the solution to all the crises in our country –, and there were slogans everywhere fostering patriotism: “Together, to victory”; “Everyone on their own, defending our common cause”, just to quote a few examples.
News of the potential attack to the Continent spread like wildfire, soon becoming an unavoidable issue everywhere: at offices and restaurants, at factories and churches, and especially at those centres of aesthetic and ethical erudition, i.e. at hairdressing salons.
Many people tried to rise to the occasion, and even toyed with the idea of an air attack, as though this had never happened in the metropolis before*(4).
I´d specially like to focus on hairdressing salons because of the funny effect the case had on the middle-class mentality of some ladies who visit them. And more precisely, on that one in which one May afternoon in 1982 the affair was being discussed with theoretical enthusiasm, with the subconscious peacefulness of knowing the bombs, if the attack took place, would be dropped almost 3.000 km away.
The propaganda had soaked deep into the ladies who crammed the salon that afternoon. A feeling of security and trust in the regime´s initiatives could be sensed.
And regarding the imaginary bombardment on the metropolis, impassively argued a robust woman in her sixties, who was being coiffured, about the convenience of getting tables and beds strong enough to bear the weight of debris. Another younger woman, who had three children and was expecting, added it would not be farfetched to gather supplies for several days. A third woman, who was being manicured, contributed that she had overheard from a good source anti-aircraft guns were being located at Punta Indio, or Punta Lara. A spinster whose head was packed with small rollers stated that schoolchildren ought to be taught how to proceed in an emergency. An elderly woman, who briefly stuck her head out of a conical hair-dryer, asserted that, no matter how many bombs were dropped, nobody would dare to disembark after what happened in 1807*(5). A police superintendent´s wife, who had just been dabbed with a pot of reddish dye, emphasized that it was essential to keep calm and maintain discipline all the time.
Some of them said a lot; others said less, but all of them took part. And the stylists eagerly voiced their consent, and their confidence in the achievement of national grandeur, in peace and order, especially if that was what everybody thought, because “the customer is always right”.
But it sometimes happens that fate puts people on trial. While these good ladies were chatting placidly, at the back of the salon an assistant threw away a match, which she thought extinguished after lighting a calofier, and it landed on a towel that, with so many comings and goings, had been neglected on a gas container – gas mains had not reached the area yet.
The same assistant smelt her carelessness shortly afterwards, when little fire tongues threatened to spread and cause an explosion. And it was she who led the flight, shouting “Fire!” “Gas!” on getting to the exit. It is difficult to illustrate what followed. It resembled hooligans entering or leaving a stadium. Or perhaps, a cattle stampede during a rodeo. Or even perhaps, the pushings and tramplings seen years later when our cities were looted*(6).
Calm turned into nervousness; quietness, into despair; security, into panic. The survival instinct burst out, enervating even the most peaceful soul. And the flight turned out to be an extraordinary event. The second woman to reach the street was the police superintendent´s wife, who shoved her way through the door against one of the hairdressers, having chucked the expectant mother on the floor among rollers. The robust woman in her sixties strove to gain meters to gravity. The elderly woman, who had not taken the deafening helmet off her head yet, astonishedly asked if the bombardment had already started. A young woman nimbly jumped on one leg out of the chiropodist´s room, her other foot bare and adorned with little pieces of cotton between her toes. All of them jammed at the door, but jostling finally reached the street.
While the ladies behind pushed their way, those ahead cried out for help from the firemen or at least from someone with a fire extinguisher, waving towels and running to and fro on the pavement. Collective hysteria, however, roused more on-lookers than volunteers.
Among the latter, approached don Francisco, a figaro at the barber´s nearby, surprised but ready to help. He was shaken by the arms, with wild warnings that the block would blow into pieces.
Knowing how exaggerated some women can be, he was not intimidated, and little by little he pushed his way through the remains of the mob and into the shop. The towel was still burning, sending out quite a lot of smoke, so he turned off the valve to the gas container, threw the towel on the floor and put the fire out by stamping on it.
Then he came back into the street, where a bunch of anguished ladies were waiting for him; they were certainly better prepared for an English attack than for a little fire in a hairdressing salon.
Translator´s Notes:
1- It refers to the National Reorganization Process, name of the de facto government that took over power in 1976, after a coup d´e-tat against democratic president María Estela Martínez de Perón.
2-Name of the Argentine islands usurped by the British in 1833.
3-Term used in the past to refer to robbers of the sea. Here it refers to the British Navy – robbers of our land.
4-In 1954, the Argentine Air Force and Navy bombarded the heart of B.A. in an attempt to kill democratic president Juan Domingo Perón. Over 300 civilians were killed in the attack.
5-British troops invaded Argentina in 1806 and again in 1807, controlling B.A. for a while, but in the end they were defeated.
6-In 1989 hyperinflation led to social turmoil. Hundreds of shops in various cities were looted by starving mobs, but also by thieves who took advantage of the situation.
Historia de guapos
“Historia de guapos” es uno de los cuentos de mi primer libro. Fue traducido al italiano por mis primos Ida y Franco Scali, calabreses que viven en Torino. Grazie, Famiglia!
STORIA DI GUAPPI
Alla fine degli anni Sessanta, ancora si usava ascoltare la radioteatro, sebbene la televisione si fosse affermata come solida competitrice. Durante gli anni, la radio aveva occupato il centro delle case argentine, unendo famiglie, intrattenendo giovani ed adulti, offrendo loro un campo fertile per l’immaginazione. “La revista dislocada”, “Rampullet”, “Juan Moreira”, tanto per citare qualche programma.
Quest’ultima opera scritta da Eduardo Gutierrez nel 1886 e rappresentata nel circo dai fratelli Podestà nello stesso secolo, suscitò un interesse ininterrotto in diverse forme di rappresentazione artistica. Ai nostri tempi furoreggiava nella radio: la forza e la popolare semplicità del libretto permettevano la totale comunicazione con il pubblico.
A questo proposito occorre menzionare un curioso fenomeno che alcuni sociologi presero in considerazione: succedeva che migliaia d’ascoltatori di quelle radionovelle confondevano la finzione con la realtà. Di fatto non erano consapevoli della prima e, pertanto, consideravano i contenuti radiofonici con i loro personaggi ed avvenimenti, tanto reali come le loro proprie vite.
Per questo se venivano trasmesse vicende di persone in carne ed ossa che, chissà, abitavano un luogo non definito, non si ponevano alcun dubbio sulla loro esistenza.
PAISANO: “Guarda amico che la squadra di poliziotti viene questa volta comandata, secondo quanto mi dicono, da un tale don Goyo un sergente di prima linea molto duro, dicono che sia un uomo cattivo, capace di portarti via legato mani e piedi e che ha anche l’autorità di fucilarti”.
MOREIRA:”Non farci caso amico, non c’è squadra capace di catturarmi perché la sorte combatte al mio fianco. Oste, servi una coppa a questo birbante che sta tremando di paura!”.
“Figli di puttana! Vogliono ammazzare Moreira. Ma Moreira non si tocca! Che se lo agguanto io gli foro la pancia... e gli strappo la trippa!” E Don Domingo spense la radio che teneva nella stanza vicino alla panca e continuò ad infierire nel suo dialetto contro i persecutori del leggendario bandito, mentre arrotolava una sigaretta e immaginava come avrebbe fatto fuori i poliziotti che minacciavano l’eroe della campagna.
Il tema era ricorrente: la persecuzione degli “erranti e mal graditi” gauchos da parte della giustizia; la conseguente ribellione e la caduta di molti nell’emarginazione. Il personaggio di Juan Moreira si lamentava perché “dalla giustizia aveva ricevuto tutto il male di questo mondo e da essa si vede inseguito come una belva ovunque vada”. E vale la pena soffermarsi su un altro fenomeno: i reali eccessi da parte della giustizia in quell’epoca provocarono uno spostamento dei valori morali come l’onore ed il coraggio – normalmente associati con i rappresentanti della legge – che il lettore, lo spettatore e, nel nostro caso, l’ascoltatore non riscontrava nei sindaci, nei giudici di pace, nella squadra di polizia ma, al contrario, nei ribelli che contrastavano il sistema. Da qui l’immediato allineamento dei malmessi settori popolari contro i potenti. Parliamo di finzione, è chiaro, però per molti – e tra questi Don Domingo – si trattava della cruda realtà.
Tutti i giorni si sedeva Don Domingo in fondo al cortile con la radio vicino alla panca per ascoltare la seducente trama, ma non perdeva di vista la trappola acchiappa-passeri che gli garantiva un paio di stufati la settimana.
Era un uomo scontroso, affaticato dalla dura vita nella campagna che lo accolse quando venne in questa terra scappando dal fascismo. Quasi intrattabile, anche per la sua propria famiglia. Apparentemente insensibile a qualsiasi manifestazione di commozione. E tuttavia, accanto alla radio, si commuoveva - forse per aver aiutato nei suoi anni giovanili tanti suoi compaesani compagni di sventura e di miseria- s’immedesimava nelle persone sofferenti e giurava di difenderle “scannando chiunque volesse aggredirle”.
Pochi riuscivano a perforare la dura corazza di Don Domingo. Fra questi il nipote minore, che otteneva manifestazioni d’amorevolezza con sigarette e qualche commento libidinoso sulle “femmine del quartiere” come il nonno amava dire.
L’anziano non manifestava affetto verso nessuno; così sembrava. Era però, sempre pronto a commuoversi di fronte agli avvenimenti del radioteatro: passava da un angosciante sconcerto, ogni volta che un avvenimento minacciava Juan Moreira, ad una bellicosa euforia ogni volta che l’eroe concludeva la puntata da vittorioso.
Fin quando, un giorno il nipote venne a sapere che la trasmissione radiofonica di successo sarebbe stata rappresentata in versione teatrale al Coliseo di Lomas. Non esitò ad invitare Don Domingo a presenziare l’opera e a conoscere i personaggi che tanto appassionatamente aeguiva ogni giorno. Era inoltre evidente, l’intento del ragazzo di avvicinarsi al suo unico nonno, però non ebbe come risposta un caloroso gradimento- il giovane non lo sperava- ma un freddo: “Però ci saranno tutti?”
“Certo che ci saranno tutti!” rispose il nipote pensando che Don Domingo si riferisse a Moreira o, per meglio dire, solo a Moreira.
Passarono i giorni e s’accentuò il nervosismo dell’anziano che, come non mai, cercava il nipote per domandargli, una volta ed una volta ancora, l’ora ed il luogo dell’evento.
Finalmente quel giorno arrivò e Don Domingo tirò fuori del baule uno sgualcito abito marrone a righi al quale nemmeno il miglior tintore avrebbe potuto togliere né le pieghe né l’odore della naftalina. Aveva in capo un cappello intonato e scarpe ben lucidate. S’era anche ben pettinato e profumato il viso, rasato di recente, con acqua Velva. Era un’occasione speciale, e Don Domingo non voleva sfigurare.
Facendo la coda la sua ansietà andava crescendo. Era però comprensibile che una persona tanto rustica provasse questa sensazione di fronte ad una situazione inusuale. Il nipote tentò di calmarlo, insistendo affinché non si preoccupasse che ci sarebbero entrati tutti, poiché questa era la domanda ricorrente del nonno.
Una volta dentro si accomodarono nelle poltrone di fronte al palcoscenico ancora vuoto, che descriveva in maniera semplice ma realistica la campagna che Don Domingo aveva conosciuto molti anni prima. Il nonno era assorto e il nipote credette d’intuire che teneva gli occhi rossi per l’emozione.
Però, alla comparsa sulla scena di Juan Moreira, durante il primo atto, Don Domingo uscì dal suo raccoglimento e sciolse il freno alla devozione che sentiva: “Arriva Don Moreira, perbacco! Morte all’esercito di merda!” incominciò a vociferare provocando risate e proteste. Il nipote, rosso di vergogna, tentò invano di calmarlo, e man mano che apparivano i diversi personaggi Don Domingo manifestava urlando la sua simpatia o la disapprovazione.
Due impiegati di teatro s’avvicinarono e rispettosamente gli chiesero di calmarsi. Però, se l’anziano era scontroso per natura, quella notte di forti emozioni si sentiva più sospettoso che in campagna, un compagno d’avventure dello scontroso Moreira. “A me nessuno mi tocca, perbacco!” E la goccia che fece traboccare il vaso fu l’ingresso, sulla scena, dei poliziotti decisi ad arrestare l’eroe. Non ci fu modo di fermarlo: “Figli di puttana! Lo sapevo che vi avrei incontrato. A Moreira non lo tocca nessuno, perché lo ammazzo, figli di puttana!”. E sarebbe andato avanti così tutta la notte; ma quando s’avvicinò verso il palcoscenico, gli stessi impiegati l’afferrarono trascinandolo via senza permettere che i suoi piedi toccassero il suolo.
Al nipote toccò di calmarlo per tutto il viaggio di ritorno e quando giunsero a casa, più presto di quanto pensavano, la famiglia cenava serenamente. Chiesero loro come avevano trascorso la serata.
Il ragazzo, che aveva appena superato il dispiacere, riuscì a rispondere: “ed io che credevo che i guappi fossero cose d’altri tempi!”.
STORIA DI GUAPPI
Alla fine degli anni Sessanta, ancora si usava ascoltare la radioteatro, sebbene la televisione si fosse affermata come solida competitrice. Durante gli anni, la radio aveva occupato il centro delle case argentine, unendo famiglie, intrattenendo giovani ed adulti, offrendo loro un campo fertile per l’immaginazione. “La revista dislocada”, “Rampullet”, “Juan Moreira”, tanto per citare qualche programma.
Quest’ultima opera scritta da Eduardo Gutierrez nel 1886 e rappresentata nel circo dai fratelli Podestà nello stesso secolo, suscitò un interesse ininterrotto in diverse forme di rappresentazione artistica. Ai nostri tempi furoreggiava nella radio: la forza e la popolare semplicità del libretto permettevano la totale comunicazione con il pubblico.
A questo proposito occorre menzionare un curioso fenomeno che alcuni sociologi presero in considerazione: succedeva che migliaia d’ascoltatori di quelle radionovelle confondevano la finzione con la realtà. Di fatto non erano consapevoli della prima e, pertanto, consideravano i contenuti radiofonici con i loro personaggi ed avvenimenti, tanto reali come le loro proprie vite.
Per questo se venivano trasmesse vicende di persone in carne ed ossa che, chissà, abitavano un luogo non definito, non si ponevano alcun dubbio sulla loro esistenza.
PAISANO: “Guarda amico che la squadra di poliziotti viene questa volta comandata, secondo quanto mi dicono, da un tale don Goyo un sergente di prima linea molto duro, dicono che sia un uomo cattivo, capace di portarti via legato mani e piedi e che ha anche l’autorità di fucilarti”.
MOREIRA:”Non farci caso amico, non c’è squadra capace di catturarmi perché la sorte combatte al mio fianco. Oste, servi una coppa a questo birbante che sta tremando di paura!”.
“Figli di puttana! Vogliono ammazzare Moreira. Ma Moreira non si tocca! Che se lo agguanto io gli foro la pancia... e gli strappo la trippa!” E Don Domingo spense la radio che teneva nella stanza vicino alla panca e continuò ad infierire nel suo dialetto contro i persecutori del leggendario bandito, mentre arrotolava una sigaretta e immaginava come avrebbe fatto fuori i poliziotti che minacciavano l’eroe della campagna.
Il tema era ricorrente: la persecuzione degli “erranti e mal graditi” gauchos da parte della giustizia; la conseguente ribellione e la caduta di molti nell’emarginazione. Il personaggio di Juan Moreira si lamentava perché “dalla giustizia aveva ricevuto tutto il male di questo mondo e da essa si vede inseguito come una belva ovunque vada”. E vale la pena soffermarsi su un altro fenomeno: i reali eccessi da parte della giustizia in quell’epoca provocarono uno spostamento dei valori morali come l’onore ed il coraggio – normalmente associati con i rappresentanti della legge – che il lettore, lo spettatore e, nel nostro caso, l’ascoltatore non riscontrava nei sindaci, nei giudici di pace, nella squadra di polizia ma, al contrario, nei ribelli che contrastavano il sistema. Da qui l’immediato allineamento dei malmessi settori popolari contro i potenti. Parliamo di finzione, è chiaro, però per molti – e tra questi Don Domingo – si trattava della cruda realtà.
Tutti i giorni si sedeva Don Domingo in fondo al cortile con la radio vicino alla panca per ascoltare la seducente trama, ma non perdeva di vista la trappola acchiappa-passeri che gli garantiva un paio di stufati la settimana.
Era un uomo scontroso, affaticato dalla dura vita nella campagna che lo accolse quando venne in questa terra scappando dal fascismo. Quasi intrattabile, anche per la sua propria famiglia. Apparentemente insensibile a qualsiasi manifestazione di commozione. E tuttavia, accanto alla radio, si commuoveva - forse per aver aiutato nei suoi anni giovanili tanti suoi compaesani compagni di sventura e di miseria- s’immedesimava nelle persone sofferenti e giurava di difenderle “scannando chiunque volesse aggredirle”.
Pochi riuscivano a perforare la dura corazza di Don Domingo. Fra questi il nipote minore, che otteneva manifestazioni d’amorevolezza con sigarette e qualche commento libidinoso sulle “femmine del quartiere” come il nonno amava dire.
L’anziano non manifestava affetto verso nessuno; così sembrava. Era però, sempre pronto a commuoversi di fronte agli avvenimenti del radioteatro: passava da un angosciante sconcerto, ogni volta che un avvenimento minacciava Juan Moreira, ad una bellicosa euforia ogni volta che l’eroe concludeva la puntata da vittorioso.
Fin quando, un giorno il nipote venne a sapere che la trasmissione radiofonica di successo sarebbe stata rappresentata in versione teatrale al Coliseo di Lomas. Non esitò ad invitare Don Domingo a presenziare l’opera e a conoscere i personaggi che tanto appassionatamente aeguiva ogni giorno. Era inoltre evidente, l’intento del ragazzo di avvicinarsi al suo unico nonno, però non ebbe come risposta un caloroso gradimento- il giovane non lo sperava- ma un freddo: “Però ci saranno tutti?”
“Certo che ci saranno tutti!” rispose il nipote pensando che Don Domingo si riferisse a Moreira o, per meglio dire, solo a Moreira.
Passarono i giorni e s’accentuò il nervosismo dell’anziano che, come non mai, cercava il nipote per domandargli, una volta ed una volta ancora, l’ora ed il luogo dell’evento.
Finalmente quel giorno arrivò e Don Domingo tirò fuori del baule uno sgualcito abito marrone a righi al quale nemmeno il miglior tintore avrebbe potuto togliere né le pieghe né l’odore della naftalina. Aveva in capo un cappello intonato e scarpe ben lucidate. S’era anche ben pettinato e profumato il viso, rasato di recente, con acqua Velva. Era un’occasione speciale, e Don Domingo non voleva sfigurare.
Facendo la coda la sua ansietà andava crescendo. Era però comprensibile che una persona tanto rustica provasse questa sensazione di fronte ad una situazione inusuale. Il nipote tentò di calmarlo, insistendo affinché non si preoccupasse che ci sarebbero entrati tutti, poiché questa era la domanda ricorrente del nonno.
Una volta dentro si accomodarono nelle poltrone di fronte al palcoscenico ancora vuoto, che descriveva in maniera semplice ma realistica la campagna che Don Domingo aveva conosciuto molti anni prima. Il nonno era assorto e il nipote credette d’intuire che teneva gli occhi rossi per l’emozione.
Però, alla comparsa sulla scena di Juan Moreira, durante il primo atto, Don Domingo uscì dal suo raccoglimento e sciolse il freno alla devozione che sentiva: “Arriva Don Moreira, perbacco! Morte all’esercito di merda!” incominciò a vociferare provocando risate e proteste. Il nipote, rosso di vergogna, tentò invano di calmarlo, e man mano che apparivano i diversi personaggi Don Domingo manifestava urlando la sua simpatia o la disapprovazione.
Due impiegati di teatro s’avvicinarono e rispettosamente gli chiesero di calmarsi. Però, se l’anziano era scontroso per natura, quella notte di forti emozioni si sentiva più sospettoso che in campagna, un compagno d’avventure dello scontroso Moreira. “A me nessuno mi tocca, perbacco!” E la goccia che fece traboccare il vaso fu l’ingresso, sulla scena, dei poliziotti decisi ad arrestare l’eroe. Non ci fu modo di fermarlo: “Figli di puttana! Lo sapevo che vi avrei incontrato. A Moreira non lo tocca nessuno, perché lo ammazzo, figli di puttana!”. E sarebbe andato avanti così tutta la notte; ma quando s’avvicinò verso il palcoscenico, gli stessi impiegati l’afferrarono trascinandolo via senza permettere che i suoi piedi toccassero il suolo.
Al nipote toccò di calmarlo per tutto il viaggio di ritorno e quando giunsero a casa, più presto di quanto pensavano, la famiglia cenava serenamente. Chiesero loro come avevano trascorso la serata.
Il ragazzo, che aveva appena superato il dispiacere, riuscì a rispondere: “ed io che credevo che i guappi fossero cose d’altri tempi!”.
miércoles, 25 de abril de 2007
Doña Pancha en lo de las hnas. Doroteas

Durante una visita a la casa de las hermanas Doroteas – a la izquierda de espalda, la hermana Eulalia –, doña Pancha canta su alegría. “Usté sabe, ch´amiga, que me gusta cantar che agradecimiento, con la purahéi ´e la Mercedes Sosa, “Gracias a la vida”. Pero este ej una versión clonáa, no si no!”
Gracias a la Vilma, que me vende al fiado
Tengo dos morcillas, tres tiras di asado.
Y pa´ dir al baile, también mi ha mandado
Un par de tamangos medio baquetiados,
Y ese litro ´e tinto que ya me lu hi tomado.
Gracias a la Vilma, que me vende al fiado
Tengo dos morcillas, tres tiras di asado.
Y pa´ dir al baile, también mi ha mandado
Un par de tamangos medio baquetiados,
Y ese litro ´e tinto que ya me lu hi tomado.
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