A la comunidad argentina en “la diáspora”.

A todos aquellos que partieron un día, huyendo de las crisis o en pos de un sueño. A quienes añoran algún rincón de nuestro suelo. A quienes dejaron atrás familiares y amigos. Les entrego este puñado de cuentos con la esperanza de que les sirvan como maná para el espíritu, de que se sientan identificados con algunos de los relatos y de que compartan conmigo sus comentarios y sus propias anécdotas para convertirlas en nuevas historias.

lunes, 6 de agosto de 2007

Communicate

When winter makes me take shelter, I will often resort to the service of Communion to the Sick the Church offers those who cannot attend Holy Mass. Acting upon priests´ mandate, lay Eucharist ministers visit us every Saturday, and after a moment of prayer they administer the consecrated host. Thus, many believers feel spiritually comforted and uplifted on receiving the body and blood of Jesus.

As it happens, my brethren’s visit usually coincides with the showing of the Argentine films of the forties which are broadcast by channel 7 on Saturday evenings. The Local Cinema series takes you back to times that were – I will not say better times but – promising. Black and white was in the tape; colour, in the hearts and minds of those who lived that period. Therefore, these films are a must to Nonna and me. And we only interrupt them for a while, when the TV set is switched off to try and create a favourable atmosphere and set our hearts ready.

However, in our case this is not easy at all. It should be expected that, if such liturgical innovations as celebrating Mass in a language other than Latin are unintelligible to Nonna, she will find it even more difficult to understand that you take Communion at home and from a person who is not wearing cloth. Let me add that all this, together with the film interruption, causes Nonna to be ill-disposed towards our visitors, and that, therefore, she enthusiastically hopes their stay will be short. In this context, some memorable situations have taken place.

One day, Nonna decided to join us in saying an Our Father, only she spoke her dialect at her own pace, with such accurate lack of synchrony that I imagined Jesus listening to our awkward prayer and smiling a smile as big as his heart.

On the following Saturday the same rite, but when, after our bilingual prayer, the minister stood opposite me and I was about to take Communion, one of Nonna´s sighs could be heard from behind and a popular maxim: “Whatta can you do! We´ve gotta make it through wintera!” To what the astounded minister, host in hand, only managed to reply: “Oh, yes…that´s right.”
Then she told us she liked joining us in prayer, though she would rather not “communicatte”, i.e., receive the sacrament.

Several normal weekends went by, until one Saturday I was about to take Communion when Nonna solemnly announced: “Todaya, I´d lika to communicatte, too!” She was asked to wait and they explained to her that, not having received this sacrament for a long time, it would be better if she spoke to the priest first, to practise the sacrament of Confession or Reconciliation. All this the minister said very politely, trying to make it clear he was not censuring her, but rather that that was the logical procedure. Far was the minister from meaning to consider Nonna a hardened incorrigible sinner. But he succeeded.

“Whatta on eartha d´you meana?” “I always minda my owne businessa; I never slaga anybody offa; I donna swear or wishe no evil to nobody. I donna needa to talk to the prieste ´cos I donna have any mortale sins. The little thingse anybody has, maybe. But not mortale sins, no Sira!”
There was no point in trying and stop her hurt and hurtful verbosity. Vain were all our attempts to clarify the misunderstanding. The bigger our efforts to straighten it out the more tangled it became.
Once we were on our own again, little by little, Nonna started to calm down. To change the subject, I proposed seeing the end of the film, but it had already finished. Then she fired her parting shot: “Well, in the enda, this overpious creeppa didn´t allowa me to communicatte or leave us alone to see the filme!”

La carpa de la discordia

Llegamos a la Ría Ajó en General Lavalle pasado el mediodía. En vacaciones se trastocan los horarios, y a pesar de que habíamos llevado las cañas la pesca era la excusa para sentarnos unas horas junto al agua, tomar mate con amigos, divertirnos un poco y pegar la vuelta al anochecer. También aprovechamos para aprender a armar la flamante carpa estructural que mis padres, en una etapa de pasión campamentista, habían comprado aquel verano.
Salió a recibirnos don Fausto Farías, dueño de un boliche ribereño, y enseguida nos hizo estacionar debajo de sus talas, al lado de un sinfín de carpas de tipo iglú, lo que implicaba que estaba repleto de coreanos y que habría buen pique, ambos hechos indisociables el uno del otro.
En cuanto a los hermanos orientales, diré una verdad de perogrullo: forman una comunidad muy cerrada con contactos externos puntuales en casos de necesidad extrema. En lo que a nosotros respecta, nobleza obliga, debo confesar que, por lo general, su aislamiento no nos desagrada ni nos esforzamos por romperlo. Pero estas afirmaciones vienen a cuento precisamente porque lo sucedido aquella tarde dio por tierra con ellas, o casi.
Antes de avanzar desearía expresar mi profunda admiración y respeto por los autodidactas natos, capaces de lidiar con cualquier intríngulis y a puro ingenio solucionar todo contratiempo.
Lamentablemente, nadie en mi familia ni ninguno de nuestros amigos – por lo menos los presentes esa tarde – formamos parte de esta elite. Por el contrario, las mínimas complicaciones nos entorpecen; los más insignificantes acertijos nos confunden; los más simples misterios de la vida nos atosigan hasta la desesperación. Ninguno de nosotros debiera osar cambiar una lamparita ni programar una videograbadora, por ejemplo, ni siquiera utilizando el instructivo. ¡Mucho menos, entonces, debiéramos atrevernos a armar una carpa estructural!
Entre varios sacaron la lona, estacas, piolines y caños y cañitos de toda laya. Como suele ocurrir, no faltó quien declamara sus dotes de ingeniero. Pronto puso manos a la obra, dando un fugaz vistazo al plano maestro, asignando tareas subalternas, frunciendo el entrecejo de a ratos, imaginando cómo aquella pila de fierros iría moldeándose gracias a sus directivas.
Sin embargo, al ver que los minutos transcurrían sin que el cañerío infernal tomase forma alguna, el orden jerárquico se fue desmoronando y los subalternos quisieron tomar la posta. Total que pasados algunos instantes todos sostenían una parte irreconocible de la estructura, yendo de acá para allá, intercambiando órdenes y piezas sin ton ni son. Eso sí, a voz en cuello y a mandíbula batiente.
Y debe haber sido una escena digna de los hermanos Podestá porque, cuando nos dimos cuenta, las risotadas se habían contagiado a los iglúes vecinos e iban acompañadas de comentarios ininteligibles.
Fue entonces que se produjo un hecho de confraternización admirable. Uno de los coreanos, en cuclillas y con una taza metálica en la mano, observaba sonriente a nuestra compañía circense improvisada. De pronto, se incorporó dificultosamente y con andar agarrotado se adelantó hasta el centro de la escena.
Ante la sorpresa de propios y extraños, comenzó a estudiar el plano maestro con profundización oriental. Tenía los ojos achinados más de lo natural – y valga el capricho idiomático. El paso poco firme y la vista enrojecida dejaban entrever algunos tragos de más.
Nosotros, entre el desorden y el asombro, dejamos de lado los prejuicios iniciales y lo aceptamos como supervisor de la obra. Después de todo, fue él quien rompió la barrera étnica y quizás hasta resolviera el problema.
Digamos que la barrera étnica la había roto, pero que la lingüística era infranqueable. Sus monosílabos eran coreano básico – por no recurrir otra vez a sus vecinos asiáticos.
Comenzó a moverse a pasos cortos entre los armadores con instrucciones breves, precisas y confusas: “¡Cambio!” “¡Cambio!”, le gritaba a uno. “¡Pone lalgo; saca colto!”, le indicaba a otra. Esto provocó pícaras respuestas, en cuyos detalles prefiero no abundar.
Pasaron varios minutos hasta que nos dimos cuenta de que la tan afamada sabiduría oriental no anidaba en el cerebro de nuestro supervisor, a menos que se encontrara aturdida en una nebulosa etílica.
Poco a poco, algunos abandonaron la empresa, armaron las cañas y permanecieron como divertidos espectadores mientras intentaban mejor suerte con la pesca.
Pero si la sabiduría no había favorecido a este coreano, justo será aclarar que sí estaba dotado de la ancestral perseverancia. Pues seguía arengando a los cada vez menos armadores y hasta tironeando de los caños para demostrar cómo debía ensamblarse la estructura. “¡Mete glande; saca chiquito!” “¡Cambio!” “¡Cambio!” Y de nuevo el doble sentido disparaba las carcajadas del grupo, que a esta altura estaba más entretenido con el caótico inspector de obra que preocupado por no poder armar la carpa.
Para tranquilizarlo, una de mis amigas hizo el gesto de dormir y trató de explicarle que nos iríamos al caer el sol. “No, no dormimos acá.” Pero fue inútil. Se alarmó al entender, creo, que no teníamos dónde pasar la noche, y decidió estrechar los vínculos aún más. “¡No pleocupar!”, anunció, sosteniendo un par de caños, y volvió a tomar el plano. Cerró los ojos, para visualizar algo o concentrarse, se me ocurre. Pensamos que se quedaría dormido de pie. Siguieron breves instantes de silencio y risas contenidas. Y cuando los abrió: “¡Cambio!” “¡Cambio!” “¡Saca tuyo chiquito; pone mío glande!”
Explotamos en desternillante catarsis que dejó a varios doblados en el piso. Esto marcó el final de la confraternización, ya que el oriental, visiblemente ofendido, soltó los caños y se retiró a su iglú.
Y así pasó el resto de la tarde: borriquetas, mate con facturas y más carcajadas con cada racconto del ensamble fallido.
Mientras los vecinos, con rostros adustos, comentarían - suponíamos – en indescifrable guirigay las desventuras de su frustrado paisano.
Cuando llegó el crepúsculo – momento paradisíaco en General Lavalle – juntamos los bártulos para emprender el regreso hacia Mar de Ajó. Y al arrancar la camioneta y pasar junto al campamento vecino saludamos al coreano que había intentado ayudarnos. Él estaba otra vez en cuclillas, con la taza metálica en la mano, mirando la puesta de sol. Al oír la bulla, se volvió hacia nosotros y contestó el saludo, cerrando el puño y extendiendo el dedo cordial en inequívoco gesto universal vindicatorio.

viernes, 25 de mayo de 2007

Veteranas de guerra

“Veteranas de guerra” es uno de los cuentos de mi primer libro: “Mi familia y otros bárbaros”. Ésta es una traducción propia. Me llena de alegría que mis simples escritos se presenten en tres idiomas.

Veterans of War

At the beginning of the eighties we were almost completely reorganized*(1). Several chimneys were cleaner – due to industry stagnation and thanks to massive imports. “I´ll have two o´ ´em!”, together with other famous sayings, had been indelibly engraved in our middle class population, part of which flew to the States and on returning made planes arch with weight, as Luis Landriscina says in one of his greatest tales.
And as we were marching quite straight along the straight road of the order imposed, our strategists, in a nationalist paroxysm, had no better idea than resume the just cause of Malvinas*(2), and resume the possession of Malvinas, too!
The recapture was unanimously celebrated, though years later several voices were raised that claimed their timely vehement opposition to the military operation. Too late for unsaying!
Popular support was immediate, with demonstrations and moneyboxes in the streets, so that our soldiers would have all they needed. We honestly believed it was a heroic deed.
In addition, the media kept us well informed of how events were taking place: of how we were winning a hard battle. And as fighting intensified in the far south, we learnt Rio Gallegos would likely be bombarded, since it was our troops´ supply centre as well as the take-off point for the fighters that so badly damaged the pirate fleet*(3).
Considering such a threat, a preventive official campaign was launched in Patagonia, so that our fellow citizens would be well prepared. It included blackouts and mock attacks among other measures.
In Buenos Aires, they tried to create awareness of the necessity for cutting down on electricity consumption – a measure taken quite often, as if that were the solution to all the crises in our country –, and there were slogans everywhere fostering patriotism: “Together, to victory”; “Everyone on their own, defending our common cause”, just to quote a few examples.
News of the potential attack to the Continent spread like wildfire, soon becoming an unavoidable issue everywhere: at offices and restaurants, at factories and churches, and especially at those centres of aesthetic and ethical erudition, i.e. at hairdressing salons.
Many people tried to rise to the occasion, and even toyed with the idea of an air attack, as though this had never happened in the metropolis before*(4).
I´d specially like to focus on hairdressing salons because of the funny effect the case had on the middle-class mentality of some ladies who visit them. And more precisely, on that one in which one May afternoon in 1982 the affair was being discussed with theoretical enthusiasm, with the subconscious peacefulness of knowing the bombs, if the attack took place, would be dropped almost 3.000 km away.
The propaganda had soaked deep into the ladies who crammed the salon that afternoon. A feeling of security and trust in the regime´s initiatives could be sensed.
And regarding the imaginary bombardment on the metropolis, impassively argued a robust woman in her sixties, who was being coiffured, about the convenience of getting tables and beds strong enough to bear the weight of debris. Another younger woman, who had three children and was expecting, added it would not be farfetched to gather supplies for several days. A third woman, who was being manicured, contributed that she had overheard from a good source anti-aircraft guns were being located at Punta Indio, or Punta Lara. A spinster whose head was packed with small rollers stated that schoolchildren ought to be taught how to proceed in an emergency. An elderly woman, who briefly stuck her head out of a conical hair-dryer, asserted that, no matter how many bombs were dropped, nobody would dare to disembark after what happened in 1807*(5). A police superintendent´s wife, who had just been dabbed with a pot of reddish dye, emphasized that it was essential to keep calm and maintain discipline all the time.
Some of them said a lot; others said less, but all of them took part. And the stylists eagerly voiced their consent, and their confidence in the achievement of national grandeur, in peace and order, especially if that was what everybody thought, because “the customer is always right”.
But it sometimes happens that fate puts people on trial. While these good ladies were chatting placidly, at the back of the salon an assistant threw away a match, which she thought extinguished after lighting a calofier, and it landed on a towel that, with so many comings and goings, had been neglected on a gas container – gas mains had not reached the area yet.
The same assistant smelt her carelessness shortly afterwards, when little fire tongues threatened to spread and cause an explosion. And it was she who led the flight, shouting “Fire!” “Gas!” on getting to the exit. It is difficult to illustrate what followed. It resembled hooligans entering or leaving a stadium. Or perhaps, a cattle stampede during a rodeo. Or even perhaps, the pushings and tramplings seen years later when our cities were looted*(6).
Calm turned into nervousness; quietness, into despair; security, into panic. The survival instinct burst out, enervating even the most peaceful soul. And the flight turned out to be an extraordinary event. The second woman to reach the street was the police superintendent´s wife, who shoved her way through the door against one of the hairdressers, having chucked the expectant mother on the floor among rollers. The robust woman in her sixties strove to gain meters to gravity. The elderly woman, who had not taken the deafening helmet off her head yet, astonishedly asked if the bombardment had already started. A young woman nimbly jumped on one leg out of the chiropodist´s room, her other foot bare and adorned with little pieces of cotton between her toes. All of them jammed at the door, but jostling finally reached the street.
While the ladies behind pushed their way, those ahead cried out for help from the firemen or at least from someone with a fire extinguisher, waving towels and running to and fro on the pavement. Collective hysteria, however, roused more on-lookers than volunteers.
Among the latter, approached don Francisco, a figaro at the barber´s nearby, surprised but ready to help. He was shaken by the arms, with wild warnings that the block would blow into pieces.
Knowing how exaggerated some women can be, he was not intimidated, and little by little he pushed his way through the remains of the mob and into the shop. The towel was still burning, sending out quite a lot of smoke, so he turned off the valve to the gas container, threw the towel on the floor and put the fire out by stamping on it.
Then he came back into the street, where a bunch of anguished ladies were waiting for him; they were certainly better prepared for an English attack than for a little fire in a hairdressing salon.



Translator´s Notes:

1- It refers to the National Reorganization Process, name of the de facto government that took over power in 1976, after a coup d´e-tat against democratic president María Estela Martínez de Perón.
2-Name of the Argentine islands usurped by the British in 1833.
3-Term used in the past to refer to robbers of the sea. Here it refers to the British Navy – robbers of our land.
4-In 1954, the Argentine Air Force and Navy bombarded the heart of B.A. in an attempt to kill democratic president Juan Domingo Perón. Over 300 civilians were killed in the attack.
5-British troops invaded Argentina in 1806 and again in 1807, controlling B.A. for a while, but in the end they were defeated.
6-In 1989 hyperinflation led to social turmoil. Hundreds of shops in various cities were looted by starving mobs, but also by thieves who took advantage of the situation.

Historia de guapos

“Historia de guapos” es uno de los cuentos de mi primer libro. Fue traducido al italiano por mis primos Ida y Franco Scali, calabreses que viven en Torino. Grazie, Famiglia!

STORIA DI GUAPPI

Alla fine degli anni Sessanta, ancora si usava ascoltare la radioteatro, sebbene la televisione si fosse affermata come solida competitrice. Durante gli anni, la radio aveva occupato il centro delle case argentine, unendo famiglie, intrattenendo giovani ed adulti, offrendo loro un campo fertile per l’immaginazione. “La revista dislocada”, “Rampullet”, “Juan Moreira”, tanto per citare qualche programma.
Quest’ultima opera scritta da Eduardo Gutierrez nel 1886 e rappresentata nel circo dai fratelli Podestà nello stesso secolo, suscitò un interesse ininterrotto in diverse forme di rappresentazione artistica. Ai nostri tempi furoreggiava nella radio: la forza e la popolare semplicità del libretto permettevano la totale comunicazione con il pubblico.
A questo proposito occorre menzionare un curioso fenomeno che alcuni sociologi presero in considerazione: succedeva che migliaia d’ascoltatori di quelle radionovelle confondevano la finzione con la realtà. Di fatto non erano consapevoli della prima e, pertanto, consideravano i contenuti radiofonici con i loro personaggi ed avvenimenti, tanto reali come le loro proprie vite.
Per questo se venivano trasmesse vicende di persone in carne ed ossa che, chissà, abitavano un luogo non definito, non si ponevano alcun dubbio sulla loro esistenza.

PAISANO: “Guarda amico che la squadra di poliziotti viene questa volta comandata, secondo quanto mi dicono, da un tale don Goyo un sergente di prima linea molto duro, dicono che sia un uomo cattivo, capace di portarti via legato mani e piedi e che ha anche l’autorità di fucilarti”.
MOREIRA:”Non farci caso amico, non c’è squadra capace di catturarmi perché la sorte combatte al mio fianco. Oste, servi una coppa a questo birbante che sta tremando di paura!”.

“Figli di puttana! Vogliono ammazzare Moreira. Ma Moreira non si tocca! Che se lo agguanto io gli foro la pancia... e gli strappo la trippa!” E Don Domingo spense la radio che teneva nella stanza vicino alla panca e continuò ad infierire nel suo dialetto contro i persecutori del leggendario bandito, mentre arrotolava una sigaretta e immaginava come avrebbe fatto fuori i poliziotti che minacciavano l’eroe della campagna.

Il tema era ricorrente: la persecuzione degli “erranti e mal graditi” gauchos da parte della giustizia; la conseguente ribellione e la caduta di molti nell’emarginazione. Il personaggio di Juan Moreira si lamentava perché “dalla giustizia aveva ricevuto tutto il male di questo mondo e da essa si vede inseguito come una belva ovunque vada”. E vale la pena soffermarsi su un altro fenomeno: i reali eccessi da parte della giustizia in quell’epoca provocarono uno spostamento dei valori morali come l’onore ed il coraggio – normalmente associati con i rappresentanti della legge – che il lettore, lo spettatore e, nel nostro caso, l’ascoltatore non riscontrava nei sindaci, nei giudici di pace, nella squadra di polizia ma, al contrario, nei ribelli che contrastavano il sistema. Da qui l’immediato allineamento dei malmessi settori popolari contro i potenti. Parliamo di finzione, è chiaro, però per molti – e tra questi Don Domingo – si trattava della cruda realtà.

Tutti i giorni si sedeva Don Domingo in fondo al cortile con la radio vicino alla panca per ascoltare la seducente trama, ma non perdeva di vista la trappola acchiappa-passeri che gli garantiva un paio di stufati la settimana.
Era un uomo scontroso, affaticato dalla dura vita nella campagna che lo accolse quando venne in questa terra scappando dal fascismo. Quasi intrattabile, anche per la sua propria famiglia. Apparentemente insensibile a qualsiasi manifestazione di commozione. E tuttavia, accanto alla radio, si commuoveva - forse per aver aiutato nei suoi anni giovanili tanti suoi compaesani compagni di sventura e di miseria- s’immedesimava nelle persone sofferenti e giurava di difenderle “scannando chiunque volesse aggredirle”.
Pochi riuscivano a perforare la dura corazza di Don Domingo. Fra questi il nipote minore, che otteneva manifestazioni d’amorevolezza con sigarette e qualche commento libidinoso sulle “femmine del quartiere” come il nonno amava dire.
L’anziano non manifestava affetto verso nessuno; così sembrava. Era però, sempre pronto a commuoversi di fronte agli avvenimenti del radioteatro: passava da un angosciante sconcerto, ogni volta che un avvenimento minacciava Juan Moreira, ad una bellicosa euforia ogni volta che l’eroe concludeva la puntata da vittorioso.
Fin quando, un giorno il nipote venne a sapere che la trasmissione radiofonica di successo sarebbe stata rappresentata in versione teatrale al Coliseo di Lomas. Non esitò ad invitare Don Domingo a presenziare l’opera e a conoscere i personaggi che tanto appassionatamente aeguiva ogni giorno. Era inoltre evidente, l’intento del ragazzo di avvicinarsi al suo unico nonno, però non ebbe come risposta un caloroso gradimento- il giovane non lo sperava- ma un freddo: “Però ci saranno tutti?”
“Certo che ci saranno tutti!” rispose il nipote pensando che Don Domingo si riferisse a Moreira o, per meglio dire, solo a Moreira.
Passarono i giorni e s’accentuò il nervosismo dell’anziano che, come non mai, cercava il nipote per domandargli, una volta ed una volta ancora, l’ora ed il luogo dell’evento.

Finalmente quel giorno arrivò e Don Domingo tirò fuori del baule uno sgualcito abito marrone a righi al quale nemmeno il miglior tintore avrebbe potuto togliere né le pieghe né l’odore della naftalina. Aveva in capo un cappello intonato e scarpe ben lucidate. S’era anche ben pettinato e profumato il viso, rasato di recente, con acqua Velva. Era un’occasione speciale, e Don Domingo non voleva sfigurare.

Facendo la coda la sua ansietà andava crescendo. Era però comprensibile che una persona tanto rustica provasse questa sensazione di fronte ad una situazione inusuale. Il nipote tentò di calmarlo, insistendo affinché non si preoccupasse che ci sarebbero entrati tutti, poiché questa era la domanda ricorrente del nonno.
Una volta dentro si accomodarono nelle poltrone di fronte al palcoscenico ancora vuoto, che descriveva in maniera semplice ma realistica la campagna che Don Domingo aveva conosciuto molti anni prima. Il nonno era assorto e il nipote credette d’intuire che teneva gli occhi rossi per l’emozione.
Però, alla comparsa sulla scena di Juan Moreira, durante il primo atto, Don Domingo uscì dal suo raccoglimento e sciolse il freno alla devozione che sentiva: “Arriva Don Moreira, perbacco! Morte all’esercito di merda!” incominciò a vociferare provocando risate e proteste. Il nipote, rosso di vergogna, tentò invano di calmarlo, e man mano che apparivano i diversi personaggi Don Domingo manifestava urlando la sua simpatia o la disapprovazione.
Due impiegati di teatro s’avvicinarono e rispettosamente gli chiesero di calmarsi. Però, se l’anziano era scontroso per natura, quella notte di forti emozioni si sentiva più sospettoso che in campagna, un compagno d’avventure dello scontroso Moreira. “A me nessuno mi tocca, perbacco!” E la goccia che fece traboccare il vaso fu l’ingresso, sulla scena, dei poliziotti decisi ad arrestare l’eroe. Non ci fu modo di fermarlo: “Figli di puttana! Lo sapevo che vi avrei incontrato. A Moreira non lo tocca nessuno, perché lo ammazzo, figli di puttana!”. E sarebbe andato avanti così tutta la notte; ma quando s’avvicinò verso il palcoscenico, gli stessi impiegati l’afferrarono trascinandolo via senza permettere che i suoi piedi toccassero il suolo.
Al nipote toccò di calmarlo per tutto il viaggio di ritorno e quando giunsero a casa, più presto di quanto pensavano, la famiglia cenava serenamente. Chiesero loro come avevano trascorso la serata.
Il ragazzo, che aveva appena superato il dispiacere, riuscì a rispondere: “ed io che credevo che i guappi fossero cose d’altri tempi!”.

miércoles, 25 de abril de 2007

Doña Pancha en lo de las hnas. Doroteas


Durante una visita a la casa de las hermanas Doroteas – a la izquierda de espalda, la hermana Eulalia –, doña Pancha canta su alegría. “Usté sabe, ch´amiga, que me gusta cantar che agradecimiento, con la purahéi ´e la Mercedes Sosa, “Gracias a la vida”. Pero este ej una versión clonáa, no si no!”

Gracias a la Vilma, que me vende al fiado
Tengo dos morcillas, tres tiras di asado.
Y pa´ dir al baile, también mi ha mandado
Un par de tamangos medio baquetiados,
Y ese litro ´e tinto que ya me lu hi tomado.

viernes, 23 de marzo de 2007

Trampax

Poco tiempo había transcurrido desde aquel trágico once de septiembre. Y la sociedad estadounidense estaba presa del pánico a causa de los reiterados ataques mediante correspondencia infectada con la bacteria del ántrax en laboratorios clandestinos. Los noticiarios recogían el miedo y lo transmitían al resto del mundo.
Y fue así que también en nuestro país se tomaron mayores medidas de seguridad. Con el antecedente de los dos atentados durante la segunda década infame, y aunque nuestras relaciones carnales con el Imperio ya no eran tan apasionadas ni nuestro alineamiento tan irrestricto, no estaba demás tomar ciertos recaudos.
La televisión argentina reflejó profusamente el drama que se vivía en el país del norte, no sólo a través de los noticieros, sino incluso en programas de entretenimiento. Y es de imaginar el efecto de semejante bombardeo de noticias: incertidumbre, preocupación, angustia en la población, en especial, en tantos adultos mayores que pasan gran parte del día frente a la caja boba.
Fue en esos días que, a la hora del almuerzo, sonó el portero en la casa de mi abuela. La Nonna nunca se llevó bien con la tecnología y, en lo que a este mecanismo eléctrico respecta, siempre se las arregla para no entender a quienes llaman ni para hacerse entender cuando responde.
Ese día lo único que oyó fue: “...del laboratorio.” E inmediatamente el terror la paralizó como a aquellos ciudadanos del norte. Era tal la sugestión que tenía por tanta carta con ántrax que veía en los noticieros y demás programas que al oír al empleado postal creyó en un inminente atentado. Decidida a rechazar a ese emisario fundamentalista, lanzó una descarga de vituperios ininteligibles a través del portero, repitiendo con tozudez: “¡Váyase, váyase! ¡Non queremo´ nada de ningún labboratorio!”
Pero entonces advirtió que el perro ladraba en el patio interno de la planta baja y conjeturó que el terrorista habría tocado también el timbre de mi casa. Y, sin dudar, se precipitó al balcón, mientras se agarraba la cabeza, para intentar advertirnos que no abriéramos la puerta ya que seguramente se trataba de un ataque con “Ántrase”.
Mi padre ya había salido por el pasillo para atender al cartero; el perro los aturdía con su voz de trueno. Pero la Nonna se desgañitaba para imponerse, y por instantes lo lograba: “¡Non sálgano, que es el Ántrase!” A esa altura, mi madre gritaba desde la cocina para acallar a la madre y al perro. Los italianos, en especial del sur, sólo parecen poder comunicarse utilizando un monotono: el alto.
A todo esto, el Nonno, sentado a la mesa, terminaba de comer la fruta. Más bien parco, el polo opuesto de su esposa, siguió con atención los acontecimientos y cuando vio un resquicio en la gritería se acercó al balcón con la misma parsimonia con que había pelado la manzana y le comentó a la Nonna: “¿Oh Tara, no serán los del laboratorio que me traen l´insulina?”
Y de pronto a la Nonna se le corrió el velo y cayó en la cuenta...demasiada televisión; se había dejado llevar; después de todo Estados Unidos estaba muy lejos; era poco probable que Bin Laden nos tuviera en el listado de sus enemigos. Estábamos a salvo de todo, ¡excepto del papelón!
En un vano intento por corregir el rumbo de la situación, la Nonna se apresuró a los tropezones hasta el portero: “¡Señore cartero, espere, espere que ya bajo!” Pero era demasiado tarde: el perro todavía gruñía con los pelos de punta, mi madre resignada y sonrojada había empezado a lavar los platos y mi padre entraba de vuelta con los frasquitos de insulina humana que el laboratorio B. entregaba por una promoción. Ya el cartero se había alejado en su bicicleta para seguir con el reparto, se me hace que, con una sonrisa en los labios, porque entre miles de anécdotas quizás nunca haya imaginado que lo confundirían con un miembro de Al.Qaeda.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Tijeras y barajas

Don Francisco Varano tomó la primera tijera cuando contaba sólo doce años, como aprendiz en una barbería de su pueblo natal. Allí comenzaba el oficio que lo acompañaría durante más de seis décadas en dos continentes. Allí comenzaba a sumar horas de pie, que con los años le traerían varicosas ramificaciones, como raíces que buscaban el suelo.
Dedicaba gran parte del día a aprender y a ganar magras liras que para él eran toda una fortuna. Por las noches, las gastaba en vino, tabaco y juegos de barajas con los amigos en una taberna. Pues, así como había salido a buscar el sustento desde niño, también había descubierto precozmente algunos placeres terrenales típicos entre los varones pueblerinos...
Años más tarde, cuando le tocó el servicio militar en la posguerra temprana de su país devastado, don Francisco ya era un eximio fígaro. Y no tardó en ser reconocido en el casino de oficiales de aquel regimiento de Florencia, donde se le asignó una sala para que atendiera a la superioridad.
Por su carácter afable y jovial, estrechó lazos de camaradería con conscriptos y superiores por igual. Con los primeros, no dejaban pasar la oportunidad de gastarse pesadas bromas cuarteleras, además de organizar furtivos torneos de brisca por tabaco y aguardiente. De los últimos, obtuvo licencias, entradas de cine y teatro, cigarrillos. Y sobre todo un ofrecimiento para seguir trabajando con una alta remuneración no bien le otorgaran la baja. Pero, agradecido, don Francisco lo declinó, porque su corazón tenía prenda, que le aguardaba en el extremo sur de la bota para desposarse...
Pocos meses después de nacer su primera hija, el matrimonio emigró. No porque la situación económica los asfixiara – la dote de la ahora esposa, hija de un terrateniente, les garantizaba un buen pasar. Sino porque el padre de don Francisco, Domingo Varano, reclamaba desde las pampas argentinas la presencia de su mujer. Había salido de su tierra escapando del fascismo y se había asentado en Chiclana, un rancherío cercano a Pehuajó. El fígaro recibió no sólo la presión de su madre para que la acompañaran, sino que fue tentado por el padre, que le prometió lo esperaba una peluquería instalada y funcionando.
Fue grande la desazón de don Francisco al comprobar el engaño. Muchos de los que vinieron a nuestras latitudes pensaban que “fare l´America” equivalía a llenarse de dinero con facilidad; y se chasquearon al encontrar vastas extensiones de campo y casi todo por hacer.
La peluquería constaba de una silla y un trozo de vidrio colgado de la pared en una pulpería donde rústicos gauchos pasaban ociosos bebiendo y jugando a las barajas después de la faena diaria. En esencia no eran distintos de los curtidos pescadores de su pueblo. Mas no conocía las costumbres, ni entendía el idioma, ni siquiera los juegos... Por un momento temió que sus tijeras quedarían arrumbadas en el baúl y terminarían por oxidarse en aquel paraje inhóspito.
Pero a pesar de las limitaciones, de a poco don Francisco rompió el aislamiento, chapurreando algunas palabras en criollo y sobre todo imponiendo su personalidad entradora. El puchero nunca faltó en la mesa...
Pasaron varios meses de esa dura vida en la campaña, llena de sinsabores y con contadas alegrías – el nacimiento de su hijo varón –, hasta que le avisaron de un conventillo en Lanús, con itálico inquilinato. Sin hesitar, la familia desanduvo las pampas para instalarse al sur y cerca de la metrópolis.
Cosa paradojal por el hacinamiento, con la mudanza la dicha les sonrió tenuemente a los Varano, en medio de decenas de inmigrantes gritones y gesticuladores que compartían sus mismas penurias y alimentaban la misma nostalgia.
Pronto conquistó don Francisco una numerosa clientela, que atendía diligente ya sea a domicilio, recorriendo las calles en bicicleta, o bien en el patio del conventillo, que también era lugar de encuentro familiar en grandes comilonas, bailes de carnaval y partidas de barajas. ¡Allí sí don Francisco se movía como pez en el agua! Trabajaba, mantenía a los suyos y se divertía entre paisanos.
Para mejor, en poco tiempo se divulgó la fama de sus tijeras y lo contrataron como oficial de la Santa Rosa, uno de los más importantes salones para hombres de la zona. Entonces todo se simplificó, ya que sólo las propinas equiparaban sus ingresos anteriores. Pudo ahorrar. Y comprar unos terrenos y anotarse en un plan de viviendas en Lomas de Zamora.
Y cuando creyó llegado el momento, abrió la primera peluquería propia en cercanías del parque municipal lomense. Y como pionero, a tijeretazos se abrió camino en una exitosa empresa. A fines de los cincuenta les adjudicaron la casa.
La carrera ascendente de don Francisco lo llevó a tomar oficiales y pasar gran parte del día en el negocio. Con el tiempo se convertiría en una institución del barrio, con su especialidad: el corte a la media americana, que realizara a más de tres generaciones.
Su tiempo libre lo repartía entre la huerta y el club La Paz, donde se juntaban varios vecinos a jugar a las barajas. Para ese entonces, don Francisco dominaba todo juego con tanta maestría como sus tijeras...
Los años transcurrieron, la media americana pasó de moda, la clientela del fígaro fue limitándose a aquellos “chapados a la antigua”. Siempre rehusó tomar cursos de estilismo moderno, por considerarlos mariconerías. Se conformó con un público cada vez más selecto y reducido, que por lo general peinaba canas, o no tenía qué peinar.
Y se aferró a sus pasatiempos: las hortalizas que cultivaba con esmero, y las barajas – en el club se jugaba por monedas que, cuando la fortuna le hacía un guiño, canjeaba por alguna botella de vino o alfajores para nosotros los nietos.
Más aún, en tardes de mateadas y tangos intentó transmitirnos sus conocimientos. Y hasta cierto punto lo logró, pero sobre todo pudo compartir momentos que las ocupaciones y distracciones de antaño les habían negado a los hijos...
Ya anciano, don Francisco pasaba horas en la vereda, en una silla junto a la entrada del negocio, aguardando a los escasos clientes que se mantenían leales. No se trataba tan sólo de una cuestión de estilos; los temores que lo acecharan allá en Chiclana le pesaban con el peso demoledor de la vejez. No se oxidaban sus tijeras, pero le faltaban la vista y el pulso. La estrella había dejado de brillar y una enfermedad de años se cobraba excesos de juventud.
Hasta que un día tomó la drástica decisión de cerrar.
Viajó a su pueblo de pescadores y tuvo un feliz reencuentro con familiares y algunos amigos. Muchos ya no estaban.
De regreso, se incrementaron la dieta odiosa, las caminatas por el parque, que don Francisco aprovechaba en época de moras para transgredir la prohibición prescrita por uno de los tantos médicos que visitaba. También se incrementaron las partidas de barajas, no tanto en el club al notar con tristeza que comenzaba a dar ventajas, sino en casa con nosotros sus descendientes, a quienes despedazaba por más lagunas mentales que lo atormentaran.
Se fue apagando lentamente el sonido de las tijeras que durante lustros recortaran el aire en varios rincones de dos continentes. Se fue apagando lentamente don Francisco hasta que un invierno no muy lejano se nos adelantó en la partida...
Ojalá que haya ganado el cielo. Y quiera Dios que allá también se corten el pelo, como para que a las herramientas del fígaro no les gane la herrumbre. Ojalá, además, encuentre algún barcito o un club donde se juegue por monedas. Y que como maestro de la baraja pueda guardar algunos Jorgito para cuando nos encontremos.